lunes, 26 de septiembre de 2016

«FARGO» (2014): PRIMERA TEMPORADA. LA SOMBRA ALARGADA DE LORNE MALVO

Presumiblemente, para los anales de la historia audiovisual de los Estados Unidos Joel y Ethan Coen tributen por su aportación al medio cinematográfico, constituyendo uno de los tándems de cineastas más sólidos que nos ha deparado en los últimos treinta años. No obstante, cuando la carrera de ambos toque a su fin, seguirá quedando grabado en el recuerdo de muchos de los que hemos seguido la trayectoria de Joel y Ethan desde sus inicios profesionales, o de los que se hayan ido incorporando a lo largo de la misma una serie que lleva el mismo título de una de sus más emblemáticas producciones cinematográficas: Fargo (1996). En cierto sentido, la serie Fargo (2014-    ) pertenece al espectro temático y/o estilístico que han ido abordando en el curso de los años los hermanos Coen, aunque ofrece la posibilidad de ampliar una dramaturgia barnizada con un peculiar sentido del humor negro a través de un nuevo formato para ellos, dividido en diez episodios de algo menos de una hora de duración para cada una de las dos temporadas emitidas hasta la fecha. Inequívocamente, la huella de los Coen queda impresa sobre la superficie blanquecina de una propuesta televisiva de la que ejercen de productores ejecutivos, esto es, adoptando un rol de control del producto final pero desde una prudencial distancia. El contacto más a pie de obra corresponde al showrunner Noah Hawley, a buen seguro un incondicional del cine de los Coen, quien había realizado su particular aprendizaje en series como Bones, The Unusuals y My Generation con desigual fortuna. Para Hawley, el reto de Fargo serviría para “interpelar” a sus admirados Brothers Coen pero buscando su propio espacio creativo.
    Transcurridos más de dos años desde la emisión de la primera temporada de Fargo por el canal estadounidense FX, visito sus diez capítulos con el propósito, acaso inconsciente, de recuperar las sensaciones que había experimentado con el ya lejano estreno de la película homónima dirigida por los Coen. Empero, más allá de compartir un gélido escenario similar y una tipología de personajes que abrigan ciertas conexiones en relación a la obra seminal, Fargo-la serie funciona de una manera autónoma en que no resulta difícil adivinar casi a las primeras de cambio del magnetismo que despierta Lorne Malvo, en una caracterización superlativa por parte de Billy Bob Thornton. Un personaje que va progresando a medida que avanza la serie hasta su conclusión final en su primera temporada. Comparado en su momento (de una forma un tanto precipitada) con Robert De Niro, el rastro de Thornton parecía haberse perdido en la espesura de propuestas intrascendentes. Un pobre bagaje artístico el suyo desde que se enfudó el traje de Ed Crain hecho a medida precisamente por los hermanos Coen en El hombre que nunca estuvo allí (2001). Un relato cinematográfico en blanco y negro una osadía visual prince du siécle— que situó a Billy Bob Thornton en un plano de excelencia del que no tardaría en descabalgarse merced a elecciones poco satisfactorias, si bien en el orden crematístico podrían tener otro signo. Por fortuna, Fargo ha propiciado la recuperación de Billy Bob Thornton gracias a la recreación de un personaje amoral que no parece de este mundo. Esa alma inhumana, “animalesca” a la que parece acomodado el personaje de Lorne Malvo –en sintonía con el Anton Chigurh (Javier Bardem), el singular psycokiller de la oscarizada No es país para viejos (2007)—es explotada por los guionistas de turno para dotar de una cierta carga alegórica a una narración que, a mi juicio, extiende la mano hacia el universo Twin Peaks (cortesía de Mark Frost y David Lynch) en la definición de otros personajes como la dupla de matones formada por el mudo Mr. Wrench (Russell Harvard) y Mr. Numbers (Adam Goldberg), protagonistas de una rocambolesca subtrama en que acaban siendo “compañeros” de celda de Lester Nygaard (Martin Freeman). Lester salva el pellejo in extremis cuando Wrench y Numbers son llamados a abandonar la celda cuando se les notifica que la fianza impuesta por el juez ha sido satisfecha. Pero el vivaz Lester, una vez “liberado” de vida anodina, prosigue su huída hacia adelante, haciendo partícipe al espectador de una mutación de comportamiento –desde la bondad domesticada verbigracia del hábito a una maldad asimilada conforme a una nueva forma de vida— pareja a la experimentada por Walter White (Bryan Cranston) en Breaking Bad (2008-2013). Muestra inequívoca que las series se retroalimentan entre sí, aunque con la lección aprendida de preservar unas señas de identidad que las hagan únicas, diferentes. Sin duda, una de las señas de identidad de la primera temporada de Fargo responde al nombre de Lorne Malvo, el diablo con guantes de seda que visita Bemidji con la intención de grabar a fuego la historia criminal de una hasta entonces apacible localidad de Minnesota, de cuyos valores humanitarios el jefe de la policía local Bill Oswalt (Bob Odenkirk, uno de los actores revelación en Breaking Bad y con espacio propio en el spin-off de ésta, Better Call Saul) es uno de sus más firmes depositarios. Por ello, Oswalt trata de preservar un clima familiar en el seno del cuerpo policial de Bemidji que sufre una ola de crímenes "basados en hechos reales". Una nota de humor negro que se imprime en el encabezamiento de unos títulos de crédito iniciales puntuados por la composición musical de Jeff Russo definida en forma de Réquiem... por los que van a morir cuando la sombra alargada de Lorne Malvo se adivina en el horizonte.   

miércoles, 14 de septiembre de 2016

«RELATOS TEMPRANOS» (1935-1943) de TRUMAN CAPOTE. TRAS LA PISTA DEL GENIO PRECOZ DE NUEVA ORLÉANS

Truman Streckfus Persons, artísticamente Truman Capote (1924-1984), no llegó a cumplir los sesenta años por algo más de un mes. En los aledaños de haber alcanzado una cifra redonda que lo situara próximo a la edad de jubilación y con apenas tan solo cuatro novelas publicadas in strictu sensu podría colegirse que Capote fue un escritor tardío y/o extraordinariamente perfeccionista para que hubiera podido ser catalogado conforme a un escritor prolífico. Nada más lejos de la realidad. A los ocho años, desde el rincón de la marginalidad derivada de la falta de afecto maternal y de la ausencia del referente paternal, Truman Streckfus decidió ser escritor. Una pulsión infantil que adoptaría carta de naturaleza en una adolescencia en que el menudo Truman parecía plenamente consciente de su talento innato para la escritura, una forma de mitigar las punzadas de dolor soportadas por su corazón doliente, al albur de las intermitentes ausencias de su figura materna, dejándolo al cuidado de tres de sus tías, a las que homenajeó a su manera en una de sus contadas novelas, El arpa de hierba (1951).
    La condición de escritor precoz de Truman Capote, tocado por la “varita mágica” de un talento “sobrenatural”, queda refrendada plenamente en Relatos tempranos, que en marzo de 2016 sacaba a la venta el sello Anagrama dentro de la colección consagrada al genio de Nueva Orléans. Hubiera podido resultar un ejercicio un tanto prosaico o, cuanto menos ocioso, hacernos comulgar con la idea que textos literarios escritos por adolescentes con apenas decenas lecturas de clásicos en su haber (en el mejor de los casos) tuviera sentido su edición en forma de compendio de una docena larga de relatos. Algo que en la inmensa mayoría de los casos podríamos dar por bueno, pero cuando nos enfrentamos a un escritor llamado Truman Capote estamos ante la excepción que confirma la regla. Inequívocamente, la lectura atenta de Relatos tempranos levanta puentes con las obras “de madurez” de Capote, estableciendo así una invisible secuencia cronológica en que pasamos de esa fase primigenia en que ya advertimos su incipiente dominio de las figuras poéticas y metafóricas  (a modo de ejemplo, «El sol declinaba ya en el cielo veteado de escarlata y el calor se alzaba de la tierra seco y vibrante» y «se agarró a la oscuridad en busca de asidero», sendas frases y/o expresiones que cabalgan sobre el texto de “La señorita Belle Rankin”), y su decantación por lo lúgubre y lo siniestro al reflejar una realidad cotidiana que tuvo como denominador común un núcleo rural en los catorce relatos publicados en el presente volumen. No en vano, Truman pasó buena parte de su infancia y adolescencia en la localidad de Monroeville, en el estado de Alabama, donde fue vecino e íntimo amigo de Harper «Nelle» Lee (la autora de la novela Matar un ruiseñor), a quien parece invocar en la pieza “Si yo te olvidara” a través del personaje de la sureña Grace Lee. En este mismo relato, expresa a través de la voz de la protagonista de la función que «quizá vuelva a buscarme para llevarme a alguna urbe grande como Nueva Orléans o Chicago, o incluso Nueva York». Ya por aquel entonces, Truman Streckfus parecía presagiar cuál sería su destino, una ciudad invadida de rascacielos que lo acogería en calidad de meritorio en la revista “New Yorker” para, una vez instalado en la veintena, dar rienda suelta a una veta literaria tocada por un estilo propio, de escritura precisa y elegante, en que su capacidad de adaptabilidad a cualquier tipo de personaje (de razas, bagaje cultural, estratos sociales y edades disímiles) ya había tenido el campo abonado durante su fase (pre)adolescente, a cuenta de Hilda, Louise, y Lucy en los relatos epónimos, pero asimismo de personajes masculinos tales como Em (“La polilla en la llama”), Jep y Lemmie (“Terror en el pantano”) o Jamie (“Esto es para Jamie”), entre otros.  
     Para todos aquellos amantes de la literatura de Truman Capote estos Relatos tempranos favorecen al pensamiento que se requiere (casi) toda una vida para alcanzar el zénit creativo (él lo hizo con A sangre fría, asumiendo con ello un coste demasiado alto en lo personal), marcando así sobre un imaginario tablero la progresión que adopta una forma de curva ascendente sin apenas percibirse dientes de sierra. Un regalo, por consiguiente, difícil de substraernos para quienes consideramos a Truman Capote uno de los mayores talentos de su generación, sometido, como acertadamente señala en el epílogo la editora Amuschkas Roshani, al flagelo intermitente  del recuerdo de una infancia marchita por la ausencia de afecto materno, un anhelo que clamaría "venganza" en algunos de sus textos más afilados, con la punta de mordacidad e ironía perfectamente acondicionada para grabarse sobre el papel. Del olor del mismo, Truman Capote no se desprendió jamás, aunque otro olor, el del alcohol, que funcionó como “bálsamo” acabaría truncando su vida (mucho) antes de tiempo. Con todo, medio siglo dedicado a la literatura le colocaron en el Panteón de los elegidos de las Letras Americanas de todos los tiempos.   

sábado, 13 de agosto de 2016

«LA TUMBA DEL TEJEDOR» (1919), de Seumas O’Kelly: EN EL PRADO DE LOS MUERTOS

Al poco de nacer Sajalín, la editorial situada en Gracia, un popular barrio de la Ciudad Condal, entraba a formar parte de su catálogo una obrita escrita por Seumas O’Kelly (1881-1918), La tumba del tejedor (1919), publicada a título póstumo en su Irlanda natal en plena ofensiva por la Independencia. En realidad, O’Kelly fue una de esas víctimas colaterales que produjo el enfrentamiento político entre los partidarios de que Irlanda siguiera formando parte del Reino Unido o emanciparse del mismo vía independencia. O’Kelly trabajaba como redactor jefe del periódico “oficial” del Sinn Fein cuando sufrió en sus carnes el ataque de unos británicos en la sede del rotativo irlandés. La hemorragia interna que se le diagnosticó derivaría en un cuadro clínico extremadamente complejo, al punto que pereció con tan solo treinta y ocho años, y abortando así una obra literaria que apuntaba alto. Con todo, el precoz O’Kelly pudo armar una serie de piezas literarias, amén de su contribución en calidad de dramaturgo a favor de corriente de la Nueva Escena teatral irlandesa, de la que Sajalín levanta acta con la edición de La tumba del tejedor y de Al borde del camino (2014), recopilación de una serie cuentos elaborador por un autor que hasta esa fecha de 2010 había permanecido inédito en nuestro país.
    Seis años más tarde, Sajalín ha vuelto a editar The Weaver’s Grave pero con una portada distinta (cortesía del ilustrador Güido Sender Montes) que incorpora un camposanto conforme al hábitat natural de esos dos viejos hermanos gemelos, el uno fabricante de clavos (Meehaul Lynskey) y el otro picapedrero (Cahir Bownes). Al fondo del paisaje se sitúan dos hombres y la (cuarta) viuda de Mortimer Hehir una vez localizada la tumba del que había sido su esposo, el sepulturero de Cloan na Morar, el denominado por los lugareños «El prado de la muerte». Hasta detectar el enclave exacto de la fosa donde debe ser enterrado Mortimer Hehir, el sepulturero, esta novela corta (o relato largo, según se prefiere) realiza una prospección por ese mundo rural irlandés tan común a otros entornos rurales de numerosos países preferentemente ubicados en el hemisferio norte, en que las enemistades entre familias devienen la moneda de cambio común. Ciertamente, Lynskey y Bownes, lejos de mostrarse dos partes simétricas de un mismo todo, hacen del enfrentamiento en el plano personal un aspecto más de una cotidianedad ahogada en la rutina, en el sentimiento de aislamiento y en ese ritual de vida conectada con la muerte que se va acercando de manera silenciosa con el correr de los años. Con un pulso aferrado en lo metafórico y/o alegórico similar al de diversos escritores paisanos suyos como Oscar Wilde, O’Kelly lleva de la mano al lector a explorar en ese universo anacrónico, desplazado de la modernidad, ausente de un sentido de progreso y apegado a las raíces de una tierra que reserva una de sus parcelas al cementerio de Cloan na Moar, cuya peculiar historia marcará un antes y un después una vez expiren los habitantes más viejos del pueblo, entre los que se cuentan los gemelos Meehaul y Cahir. No en vano, a escasos dos kilómetros del cementerio donde debe ser enterrado Mortimer Mehir se ha construido uno nuevo donde yacen o yacerán los cuerpos de las tres viudas del sepulturero, Julia Rafferty, Delia Morrisey y Sarah McCabe. A propósito de la cuarta viuda de Mortimer Mehir, O’Kelly saca punta a su ironía en párrafos del estilo de «Su patetismo quedaba un tanto mitigado. La viuda tenía la leve sensación de que no sería apropiado dar rienda suelta a ninguna de las manifestaciones características de la viudez normal. Evitaba llamar la atención sobre el hecho de que había sido la cuarta esposa. ¡Qué extraordinaria tendencia a recordar las historias familiares tiene la gente cuando alguien muere!» (pág. 33). Sin duda, O’Kelly utilizaba como principal materia prima de sus piezas literarias el conocimiento sobre la naturaleza humana, seres imperfectos por definición que, en ocasiones, encuentran en el sentimiento de venganza, en el comportamiento mezquino o en la insidia una manera singular de trabar una relación con su “igual”. Desde las páginas de "La opinión de Málaga" Alfonso Vázquez sintetiza su parecer sobre Seamus O’Kelly como «Un Chéjov nacido en Irlanda». Una sentencia que sería del agrado de los responsables de Sajalín, hasta el extremo que lo han incorporado en la contraportada de la segunda edición de La tumba del tejedor. Ello se debe a que Sajalín tomaría prestado el nombre de la novela de Antón Chejov La isla de Sajalín, cuya trama se desarrolla en una isla montañosa situada entre el mar de Ojotsk y el de Japón, cerca de Siberia. Siete años de navegación por los mares de la edición en formato papel que, contra viento y marea, han propiciado llevar a puerto novelas como la de Seumas O’Kelly para que pervivan en la tierra de esos mundos imaginarios a los que solo nuestras mentes tienen acceso. Viajes por remotas zonas del planeta tierra, por un pasado lejano con seres humanos desasistidos por la Historia, recorridos de la mano de Sajalín en su homérico propósito por hacerse un hueco en el panorama editorial de nuestro país. Y a fuer de ser sinceros, desde la modestia y un perenne sentimiento de independencia, lo han conseguido en sus más de siete años de navegación ininterrumpida, a un ritmo de una media de diez publicaciones anuales. Toda una proeza administrada en tiempos de crisis, incluido el de un mundo editorial atomizado, con un horizonte sin apenas otra certeza que la de “sobrevivir” y así capear el temporal a la espera de tiempos más favorables.

sábado, 30 de julio de 2016

EL «SACRIFICIO» FRENTE A LA RUI-NA: ADIÓS AL INDEPENDENTISMO «EXPRESS» DE CATALUNYA

En el tablero del análisis político en el estado español las interpretaciones están al cabo del día, pero sí que ha merecido cierto consenso que el Brexit tuvo una incidencia (mucho) mayor en los comicios electorales del pasado de junio pasado, siendo claramente perjudicado Unidos Podemos en su tentativa por realizar un sorpasso al PSOE (Partido Socialista Obrero Español) tal como apuntaban numerosas encuestas que no habían medido el alcance de dicho factor. De tal suerte, el miedo se apoderó de millones de potenciales votantes, apostando en esta ocasión por el «valor-refugio» que supone un partido de “orden” como el PP (Partido Popular) en aras a combatir o contrarrestar todo aquello relativo a erosionar el sentido de unidad de la nación española con la convocatoria de referéndums auspiciados por fuerzas recién llegadas al arco parlamentario, caso de Unidos Podemos y sus confluencias. Ya en las elecciones de finales del año pasado, las del 20-D, Podemos (aún sin su alianza con Izquierda Unida), se mostró firme en la defensa por la celebración de un referéndum en Catalunya pactado con el estado español, al punto que ese fue el principal argumento para que el PSOE declinara la “invitación” del partido liderado por Pablo Iglesias para formar un eventual gobierno de izquierdas, a modo de alternativa a un PP en que Mariano Rajoy se postulaba por segunda vez a ocupar plaza en la Moncloa por un periodo de cuatro años.
    Generalmente, llegamos a conclusiones erróneas cuando solo nos quedamos con el titular de una determinada noticia, máxime en el campo de la política en que el matiz posee un valor incalculable. Así pues, el matiz que cabría hacer al estancamiento de Unidos Podemos del 26-J en relación el 20-D mira inevitablemente hacia la realidad catalana. En mi tierra, En comú Podem (digamos la “franquicia” catalana de Unidos Podemos) obtuvo un incremento considerable de votos que se tradujo en escaños (un total de quince), unos resultados altamente satisfactorios pero que quedaron eclipsados al no haberse cumplido las expectativas que vaticinaban las encuestas en el resto del estado español. La extinta Convergència i Unió, i ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) tomaron buena nota de ello, decidiendo que cabía apretar el acelerador de la “desconexión” del estado español para crear un nuevo país bajo la bandera de una Catalunya independiente y republicana. Siendo conscientes o no de lo temerario de sus actos, la Convergència Democrática refundada bajo las siglas PDC (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC han decidido emprender una huida hacia adelante, aprovechando la debilidad del estado español (aún sin formar gobierno) y de un Parlament de Cataluna presidido por Carme Forcadell, anteriormente cabeza visible de la ANC (Assamblea Nacional de Catalunya, uno de los grupos de presión más poderosos que trabaja a favor de la independencia de Catalunya), perfecta aliada en la deriva nacionalista emprendida por los hombres y mujeres liderados por Carles Puigdemont (PDC) y Oriol Junqueras (ERC). Moviéndose en ese virtual alambre que representa no haber obtenido mayoría de votos a favor de la causa independentista pero sí una mayoría de escaños (un total de setenta y uno si sumamos a la CUP, partido antisistema por definición), Junts Pel Sí (la suma de PDC i ERC) dieron por iniciado el pasado 21 de julio en el Parlament el proceso de “desconexión” con España a través de una votación que provocó la estampida al unísono de PPC i Ciutadans, no dando validez a la misma. El PSC (Partit Socialista de Catalunya) optó por permanecer en el hemiciclo pero sin ejercer el derecho a voto, y Catalunya Sí que es Pot (en representación de la "marca" Podemos pero con las particularidades que da pertenecer a un determinado territorio) participó con un voto de signo negativo. En total, once votos en contra (los de Catalunya Sí que es Pot) frente a los setenta y uno a favor para que Catalunya inicie un eventual proceso de "desconexión" que debería culminar, según el full de ruta de Junts Pel Sí, en diciembre de 2017. Ese gesto, el de participar de la votación por parte de Catalunya Sí que es pot, no resulta baladí a los ojos de muchos catalanes que apostamos por el dret a decidir (el derecho a decidir), aunque no estemos por la labor de que fructifique una Catalunya Independent.    
    Es evidente que en los próximos dieciocho meses pasarán muchas cosas que comprometerán directa o indirectamente a las aspiraciones independentistas de un importante sector de la población catalana que confían el voto en las urnas a Junts Pel Sí y a la CUP. No es menos cierto que el “sacrificio” de Unidos Podemos por seguir perseverando en la celebración de un referéndum pactado con el estado español, a costa de perder por el camino un caladero de votos que les hubiera resultado imprescindibles para superar en votos y quizás escaños al PSOE, tiene su contrapartida en el inexorable avance de Catalunya Sí que es Pot. En este punto reside la clave del porqué la RUI (Referèndum Unilateral d' Indepèndencia) fracasará en su tentativa al ser observada por buena parte de la población catalana conforme a una maniobra ejecutada “a la desesperada” articulada por Junts pel Sí y la CUP, sabedores ambos partidos o congloremado de partidos que en los próximos comicios electorales a celebrar en Catalunya, la formación que lidera Lluís Rabell, a unos meses vista, estaría en situación de aproximarse a los veinte escaños en el Parlament, (casi) doblando los once escaños con los que cuentan en la actualidad. Por consiguiente, la balanza se decantaría claramente por una mayoría no independentista en el Parlament de Catalunya en escaños y en votos. La paradoja de todo ello es que para los que proclaman a los cuatro vientos lo pernicioso de Unidos Podemos para el bien de la unidad de España será la clave, a través de su “franquicia” Catalunya Sí que es pot para desbaratar el independentismo. Precisamente, los que más siguen atacando a Unidos Podemos por dinamitar la unidad de España, esto es el Partido Popular y Ciudadanos, han sido los que más han contribuido a un crecimiento de un independentismo con los pies de barro, en que a sus máximos impulsores se les ha visto el plumero al querer apretar el acelerador sabedores que por el retrovisor se postulaba un partido, Catalunya Sí que es pot, que apuesta más por el seny que por la rauxa. No me cabe duda, que Junts Pel Sí y la CUP lanzarán en los próximos meses dardos envenenados a  Catalunya que es Pot, pero el saber estar de sus dirigentes resultará un valor añadido para que una parte de la población catalana deje de abrazar una quimera y apueste por una vía presidida por la sensatez y la cordura. Solo así, no sé si dentro de veinte, treinta o cuarenta años, habrá un referéndum acordado con el estado español, signo inequívoco que éste alcanzaría una madurez democrática pareja a la demostrada por Gran Bretaña o Canadá.  

lunes, 25 de julio de 2016

«MENDELSSOHN EN EL TEJADO» (1960), de JIRÍ WEIL: DE LA ALEGORÍA AL TERROR

Existen muchas formas de supervivencia. Una de ellas pasa por negar la propia existencia, simulando un suicidio al lanzarse al mar o al río y dejando una nota de despedida al lado de la “última” ropa utilizada o en alguno de los rincones del hogar. Jirí Weil (1900-1959) no jugaba a ser Reginald Perrin el singular personaje creado por la pluma de David Nobbs cuando simuló haberse suicidado para procurarse una “segunda vida”, alejándose así de un entorno familiar y laboral que le iba consumiendo en el pozo del hastío y del tedio. Mas, Weil perseguía la pura supervivencia, escapando de ser deportado al campo de concentración de Terezín cuando el nazismo había penetrado en los intersticios de la ciudad de Praga a la caza y captura de la población judía, por aquel entonces un porcentaje muy significativo de habitantes de la capital checa. Las expropiaciones del patrimonio cultural y de los inmuebles propiedad de familias judías estaba a la orden del día en tiempos en que el nazismo sembró el terror en aras a expandirse a lo largo y ancho del continente europeo. Al concluir la Segunda Guerra Mundial y con ello la Ocupación a la que se vieron sometidos los habitantes de la ciudad de Praga, siendo el principal blanco de los objetivos de los nazis el exterminio de la población de raíz judía, Weil regresó “a la vida” pero con un aspecto que le asemejaba al de un preso que había sufrido el rigor extremo de campos de concentración como Treblinka, Auschwitz o el propio Terezín. La existencia en la clandestinidad le pasó factura, reduciendo su anatomía a prácticamente un saco de huesos, pero por fortuna con la mente lúcida para saber que ya había tocado fondo y que en adelante lo que debería hacer era levantar acta de las atrocidades sufridas por su pueblo a través de la escritura de una obra que pasaría a denominarse Vida con estrella (1949). En paralelo al redactado de la novela de marras, Weil iría esbozando un amago de obra más ambiciosa desde el plano literario, aunque no llegó a tiempo para verla publicada. Aquellas condiciones de vida infrahumanas en tiempos de guerra acabarían haciendo mella en el organismo de Weil, quien falleció a los cincuenta y nueve años víctima de una leucemia. Al año siguiente, apareció en Checoeslovaquia una primera edición de Mendelssohn en el tejado (1960), la obra póstuma de Weil que mereció su publicación en lengua inglesa en 1991 con prólogo de Philip Roth. De esta forma, Roth “apadrinaba” una obra de un colega de profesión que compartía idénticas raíces judías, pero que pertenece a una generación y a una realidad geográfica muy distinta.
     Presumiblemente, Mendelssohn en el tejado hubiera cuadrado a la perfección dentro del catálogo del sello barcelonés Acantilado, al lado de textos que exploran en esas «raíces del miedo» a través del testimonio literario de otro Roth (de nombre de pila Joseph) o de Stefan Zweig. No obstante, en otro gesto más por parte de la editorial Impedimenta que su mirada no se concentra en exclusiva en el parque de escritores británicos ociosos de ser (re)descubiertos –incluido el propio David Nobbs a través de su serie de obras consagradas al personaje de Reginald Perrin bajo un enfoque netamente tragicómico, ha abierto el campo de visión a países como la extinta Checoeslovaquia donde nació Jirí Weil a caballo entre el siglo XIX y el XX. A buen seguro, de la calidad que se deriva de la lectura de Moscú frontera (1935), primera de las incursiones literarias de Weil que mereció la publicación de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 2015, y de la defensa a ultranza que Philip Roth hizo de su autor, Enrique Redel se reafirmaría en la idea de publicar Mendelssohn en el tejado, presumiendo así que el sello Impedimenta actúa bajo pabellón de la excelencia literaria, sin hacer distinciones entre naciones y autores. Trescientas páginas traducidas al castellano por Dianna Bass (amén del prólogo escrito por Philip Roth) que pueden incomodar al lector por la dureza de algunas de sus páginas que podemos “visualizar” de inmediato, sobre todo localizadas en ese último tramo en que ese nazismo moribundo aún acumulaba el veneno suficiente en sus entrañas para causar dolor, incluso entre niñas que permanecían en silencio y tan solo accionaban las cuerdas vocales para cantar canciones populares. Su delito: ser judías. Su castigo: el maltrato físico y psicológico. Si en sus capítulos iniciales cierto grado de causticidad y humor recorren sus páginas en una secuencia que hubiera sido del gusto de Milos Forman y de Jirí Menzel para ser reproducida en el celuloide en los años sesenta, en plena eclosión de la denominada «Nueva Ola Checa»—  a propósito de la confusión generada con la eliminación de una estatua que no era la del compositor judío Félix Mendelssohn en el tejado del Rudolfinum por parte del empleado Julius Schlesinger de allí el título del libroal encarar la segunda parte del libro el cielo literario de Weil se nubla con estampas de puro delirio devastador. Dinámicas inherentes a un nazismo que tuvo en Praga uno de los lugares escogidos para erradicar el mal del judaísmo, ese enemigo a batir en aras a hacer prevalecer la noción de raza aria en el continente europeo. La ejecución (en este caso, de nueve soldados, algunos de ellos menores de edad) serviría de paradigma para describir ese sentido aleccionador mostrado por el nazismo y que Jirí Weil pone en conocimiento desde su propia experiencia y la de familiares, amigos y vecinosdel lector a través de una novela que va creciendo en intensidad a cada página, despojándose de esta manera de un enfoque alegórico (al estilo de Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o Trampa 22 de Joseph Heller) contenido en el arranque, que sirve de señuelo para atraer la atención de una realidad que, lejos de permanecer cubierta bajo la lona de la vergüenza, debería quedar viva la llama del recuerdo de una barbarie para que no se repita jamás.             


miércoles, 13 de julio de 2016

«BUENAS NOCHES Y SALUDOS CORDIALES: JOSÉ Mª GARCÍA. HISTORIA DE UN PERIODISTA IRREPETIBLE» (2016) de VINCENTE FERRER MOLINA

Desde que José María García (Madrid, 1943) decidió poner fin a su actividad profesional en calidad de locutor, con un programa radiofónico diario en 2002 han pasado catorce años. En todo este periodo mi "desconexión" para con la figura de José María García ha sido prácticamente absoluta, aunque me alegré de la que sin duda ha sido su victoria más importante: la lucha contra el cáncer. Entendía, pues, que García ya formaba parte de la memoria de un país, de una sociedad que trataba de sacar el cuello tras cuarenta años de una Guerra Civil y una dictadura que cercenó las libertades individuales y colectivas. Por consiguiente, García fue uno de esos amores intensos que duran un tiempo y luego se acaban alojando en el fondo de tu corazón, conforme a un tesoro anclado en el fondo de un océano de sentimientos sacudido por corrientes marinas de diversa intensidad. Un amor por la búsqueda de la verdad, de la independencia, de la lealtad, del compromiso, del ser como uno desea ser, sin cortapisas de ningún tipo. En ese rincón del inmueble, a la luz de la luna una generación de españoles cruzamos el umbral de la medianoche cogidos de la mano de José María García mientras que con la otra sosteníamos el transistor. Horas de sueño perdidas para muchos, pero para aquellos ociosos de ir más allá de la noticia de teletipo, de quedarse en los titulares tan caros al sensacionalismo en el espacio deportivo, García no nos defraudaba. Él revolucionó la radio; la hizo intensa, viva, amena e informativa a la vez. Si hoy alguien me preguntara cuál ha sido una de las mayores influencias de mi adolescencia y de mi juventud sin duda expresaría entre los primeros nombres el de José María García.
    Leer Buenas noches y saludos cordiales: José María García, historia de un periodista irrepetible (Ed. Córner, 2016), de Vicente Ferrer Molina, ha supuesto un viaje por el túnel del tiempo. A cada página, casi a cada renglón ha llevado consigo desviar un pensamiento en relación a esas madrugadas de los años ochenta y noventa, a esas tardes programadas para escuchar los carruseles deportivos capitaneados por la voz, a ratos atronadora, a ratos reflexiva de José María García. A medida que he ido leyendo el libro de Ferrer Molina ese tesoro que descansaba en el fondo del océano iba elevándose hasta alcanzar la superficie. Mérito, pues, de su autor que ha sabido pulsar las teclas adecuadas para evitar que un ejercicio netamente periodístico se muestre insípido de cara al lector. Mas,  Buenas noches y saludos cordiales construye su relato a través de numerosos testimonios que hablan de ese «Ciudadano García» desde el momento que aterrizó en el diario Pueblo, liderado por Emilio Romero, velando sus primeras armas dentro del periodismo con el que estableció un lazo de por vida. Ferrer Molina reduce a una veintena de páginas (en uno de los capítulos finales titulado El niño que quiso ser Matías Prats) el conocimiento de los primeros veinte años de existencia de José María García, un madrileño que se sentía «asturiano por los cuatro costados». Ese Charles Foster Kane/José María García de la niñez, la adolescencia y la primera juventud queda tan solo apuntado a los ojos del lector porque presumiblemente Ferrer Molina se encontrara ante sí con un muro infranqueable para que la prosa fluyera en un mar de “confesiones” de amigos, familiares y allegados de aquel periodo en blanco y negro, en esa España aún con las brasas demasiado recientes producto del fuego de una Guerra Civil que se llevó por delante tantas ilusiones y sembró un odio que seguiría latiendo incluso después de finiquitado el franquismo con la muerte del Caudillo Francisco Franco. Dando validez al refrán «no hay mal que por bien no venga», Ferrer Molina ha construido una obra que habla del García-periodista, alguien que se (des)vivía por su trabajo al punto que su familia –su mujer Montserrat Fraile, y sus hijos Pepe y Luis—quedaron en un segundo plano en tantas y tantas ocasiones. Los testimonios de unos y otros nos ayudan a recomponer la figura de un ser que trató de preservar su independencia pero sabiéndose que su cuerpo liviano pendía de un hilo y podría convertirse en un bocado apetitoso para tiburones, algunos luciendo la aleta blanca con el anagrama del Real Madrid CF, el equipo de sus entretelas aunque tratara de preservar su independencia durante el tiempo que ejerció la profesión de periodista. Ese sería precisamente –el de su filiación madridista— uno de los infinitos dardos que José Ramón de la Morena, su némesis radiofónica, lanzaría a García para ver si picaba el anzuelo y dejara algunas perlas para su audiencia en aras a que sirviera de munición para dotar de contenido el programa El larguero de la Ser. Al leer estos capítulos del libro, en que la rivalidad entre García y De La Morena llegaría hasta el paroxismo, tuve en mente la imagen de Muertos de risa (1999), la pieza cinematográfica finisecular dirigida por Álex de la Iglesia, en que la zancadilla al compañero de profesión era (y en cierto sentido sigue siendo) el deporte nacional de esa España en transición. Pero, a diferencia de la producción hispana protagonizada por el Gran Wyoming y Santiago Segura –tomando los moldes de Fernando Esteso y Andrés Pajares, una hipotética plasmación en pantalla de la vida de José María García quedaría enriquecida por una serie de figuras absolutamente cinematográficas desde una perspectiva dramática, léase por ejemplo el sentido de espejo que representa para el menudo periodista la figura de Antonio Herrero, cuya súbita muerte acaecida en 1998 sacude los cimientos más hondos de su corazón y delimita una línea de animadversión para con tu tocayo Aznar al no acudir al entierro de éste, una circunstancia que nunca ha querido perdonar. En esa eventual reconstrucción de la existencia de García cabría, además, el diagnóstico del cáncer a sus sesenta y dos años, que le lleva a someterse a duras sesiones de quimioterapia que están a punto de hacerle arrojar la toalla. La superación del mismo sirve a ese relato vital para que García organice el restos de los días (esperemos que muchos le queden por delante) sin la visita del rencor, alimentando un sentido de la reconciliación, por ejemplo, con José Ramón de la Morena, en un gesto que habla de la grandeza de un ser que con sus luces y sus sombras (las hubo sobre todo en virtud de la expresión «el fin justifica los medios» para conseguir una determinada primicia) supo conectar con el anhelo de una independencia a prueba de bomba. Solo así García entendió el periodismo, aun a costa de sembrar una lista innumerable de “enemigos”, muchos de los cuales no podrán resistirse a pasar las páginas de esta maravillosa obra, bien trenzada por Ferrer Molina, con el pálpito que García no erró tanto el tiro como pensaban. Como diría Butanito (sobre el original de tan afortunado apodo existen diversas versiones) «el tiempo es ese juez insobornable que da y quita razones». Y el paso del tiempo, desde mi punto de vista, dictará que Buenas noches y saludos cordiales representa un testimonio de primer nivel sobre la realidad de un periodista irrepetible con un nombre y un apellido tan común como el de José María García, inversamente proporcional a su carácter singular e intransferible.  

miércoles, 6 de julio de 2016

«BETTER CALL SAUL (TEMPORADA 1)»: SHAKESPEARE VISITA ALBURQUERQUE

Podría resultar un ensayo digno de estudio de cómo las series de televisión en el último cuarto de siglo ha influido sobremanera en las estrategias comerciales e incluso en los contenidos de las producciones cinematográficas. Entre las muestras más palmarias de este “trasvase” de influencias encontramos la asimilación del término spin-off (de difícil traducción en castellano) al ámbito cinematográfico (especialmente, en el terreno del terror y de la ciencia-ficción), añadiéndose así al arco de propuestas surgidas al albur de un determinado éxito comercial, léase precuelas, secuelas, reboots o remakes. El término en sí mismo empezó a popularizarse a finales de los años noventa, aunque en realidad spin-off se podría aplicar a la serie Frasier en virtud de la emancipación del personaje epónimo en relación a Cheers, uno de los grandes fenómenos de audicencia de los años ochenta. Al cabo de tres decenios de haberse emitido los primeros episodios de la serie coprotagonizada por un novel Woody Harrelson, Sony Pictures llegaría a un acuerdo con Vince Gilligan para la emisión de la primera temporada de Better Call Saul (2015), spin-off de una auténtica masterpiece de la pequeña pantalla, Breaking Bad (2008-2013), cuyo repóker de temporadas vale su peso en oro. De ahí que las expectativas creadas con Better Call Saul fueran en verdad altas, máxime al penetrar en un camino ni tan siquiera apuntado en la extraordinaria serie de marras, el que compete al personaje de Saul Goodman bajo su anterior identidad, la de Jimmy McGill. No cabe duda que entre los muchos puntos a favor de Breaking Bad, cabía computar el personaje del vehemente abogado que opera en la ciudad de Alburquerque y que adopta el rostro del actor Bob Odenkirk. Un auténtico hallazgo que Gilligan y su equipo supieron dosificar desde su aparición en la tercera temporada, sabedores que su potencial daba para que girara sobre él una serie propia, eso sí, con un formato más modesto. Elevado a la categoría de show runner de Better Call Saul, Peter Gould (productor y guionista de algunos capítulos de Breaking Bad), hasta la fecha ha gestionado la confección de treinta capítulos de la serie, a razón de diez episodios por temporada. A priori, para hacer más “vendible” la propuesta en términos estrictamente presupuestarios, Gould y Gilligan dibujaron un escenario con episodios de media hora de duración. Pero, a mi juicio, con un criterio acertado replantearon la cuestión para adecuarlo a la duración estándart de, por ejemplo, Breaking Bad que tan buenos resultados habían cosechado. Eso sí, como contrapartida se rebajaba de trece a diez episodios, pero sin perder un ápice la calidad visual y narrativa de la que puede seguir presumiendo Breaking Bad.

    Desde mi perspectiva, una de las razones de ser para que una serie llegue a “enganchar”, a experimentar la sensación que deseas ver el siguiente episodio a la mayor brevedad posible, se debe al “factor sorpresa”. A lo largo de esta decena de capítulos con títulos que presentan una particularidad curiosa (con la salvedad del quinto, Alpine Shepherd Boy), el de emplear una sola palabra, he atendido al visionado de una propuesta netamente escorada en lo que podríamos colegir tragedia shakespeariana, en contra de los vaticinios que hubieran podido apuntar hacia una comedia de tintes hilarantes con James McGill AKA Saul Goodman ejerciendo de bufón del «reino» de Alburquerque. Cada uno de estos primeros diez capítulos de Better Call Saul devienen píldoras que ingerimos previa prescripción médica, adivirtiéndose de un uso contraindicado para aquellos refractarios a tolerar en elevadas dosis un cinismo que ataca directamente al cuerpo del american way of life, en que el dinero resulta al arma más letal de la corrupción del alma humana. Una verdad aumentada y corregida en el ámbito de la judicatura y que acaba trasladándose al espacio familiar cuando Jimmy y su hermano mayor Chuck (Michael McKean, una elección de lo más acertada) adoptan actitudes ambivalentes en su fuero interno y que “explosionan” en un determinado momento por parte de este último. A partir de entonces, Jimmy McGill da marcha atrás, se coloca en punto muerto e inicia una fuga hacia adelante, sin reparar en ese retrovisor que lo ha ligado indefectiblemente a la figura de su hermano mayor al que ha tratado de proteger a causa de su enfermedad (padece hipersensibilidad electromagnética; sino de los tiempos) hasta que éste, en un arrebato de vanidad, le coloca frente al espejo de su propia realidad. En esencia, Better Call Saul es el retrato de seres solitarios Jimmy, Chuck, pero también de la abogada Kim Wexler (espléndida Rhea Seehorn) y el hierático Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks, repitiendo papel tras su paso por Breaking Bad, cuyas apariciones habían ido en ascenso hasta prácticamente el episodio final)que afilan sus garras para sobrevivir en ese nido de víboras que concurren en Alburquerque. Una ciudad perteneciente al estado de Nuevo México que había sido el escenario natural de El gran carnaval (1951), la cinta dirigida por Billy Wilder que la dupla Gould-Gilligan homenajea en el capítulo Hero, en el que McGill trata de utilizar el periodismo sensacionalista para que florezca su propio negocio vinculado a la abogacía. Su artificio en este caso pronto se adivina, no así los dos mejores episodios de la primera temporada, Five-0 (el sexto) y Bingo (el séptimo), prodigiosamente rodado el primero por Adam Bernstein y preñado de virtudes el segundo, desde la importancia que adopta la música (obra de Dave Porter, a la sazón compositor titular de Breaking Bad) en el fragmento del eventual secuestro de una pareja de mediana edad en su lujosa residencia hasta la carga de sarcasmo e ironía (a modo de ejemplo, una dama octogenaria cita a sus gatos Óscar y Félix, la extraña pareja a efectos de la célebre obra teatral escrita por Neil Simon y adaptada con éxito al celuloide con el tándem Walter Matthau-Jack Lemmon al frente del reparto) que recorren las escenas donde Jimmy actúa en una sala repleta de ancianos “matando” las horas con juegos del azar. El azar será asimismo el destino que lleve a McGill a cambiar su apellido e instalarse en la jungla humana bajo el reclamo Better Call Saul. Una carta de presentación que intuyo empezará a redactarse en forma de borrador en su segunda temporada. 

sábado, 25 de junio de 2016

NEIL YOUNG, EN CONCIERTO: SIETE AÑOS DESPUÉS DE LA PRIMERA CITA

Foto copyright: Christian Aguilera
(Poble Espanyol, Barcelona, 20 de junio de 2016)
Los signos astrales y la numerología nunca han formado parte de mis distracciones —léase hobbies— mundanas. Pero estos días me he entretenido en saber a qué características se asocia el 7, mi lucky number por motivos puramente banales. Era el dorsal que solía escoger, por ejemplo, para que se estampara en la camiseta de las distintas equipaciones de fútbol en la época en que éstas se solían imprimir siguiendo un orden correlativo, sabiéndose de antemano que demarcación ocuparía cada uno en el terreno de juego. Al leerlo me quedé estupefacto: «Signo del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico, la sabiduría. El número del intelecto, el idealismo y la represión. Son personas amantes de la lectura, el estudio y las ansias por aprender. Tendentes a proyectar su vida en una esfera de idealismo y actividad intelectual. Habilidades para el análisis y la investigación y la inteligente búsqueda del conocimiento; mentalidad científica y con capacidad de inventiva; estudiosa, meditadora; de personalidad encantadora; amantes de la soledad y de la paz; perfeccionistas». Podría ser una buena definición de mí mismo, con la salvedad que no soy un amante de la soledad, aunque el ejercicio de la escritura invite a serlo muy a menudo. Leído nuevamente, más que una definición de uno mismo podría tratarse (en parte) de una aspiración a la que sí ha llegado, desde mi perspectiva, Neil Young, presumiblemente una de las personas de este mundo que al ir adentrándome en el conocimiento de aspectos de su vida y obra, en razón del libro que escribí en 2009 Neil Young: una leyenda desconocida (T&B Editores), reeditado en 2015 mejor sintonizan con mi forma de ser, la propia de aquellos que nunca damos por bueno nada de lo que hacemos, y que generalmente tenemos puesta la mirada en el futuro en aras a cumplimentar nuevos proyectos. 
    Asimismo, siete han sido los años transcurridos desde que ví por primera vez a Neil Young actuar sobre un escenario. Desde aquella lejana representación en el Primavera Sound no había tenido la oportunidad de volver a disfrutar de su música en directo. Lo sería por partida doble, en el marco de Mad Cool Festival en Madrid y en el Poble Espanyol en Barcelona, los días 18 y 20 de junio, respectivamente, ambos organizados por la empresa Live Nation. En músicos de su edad setenta años había cumplido el 12 de noviembre del año pasado siempre tienes el pálpito que ciclos de siete años pueden representar una «eternidad». Así pues, el paso del tiempo hace mella si cabe aún más en todos aquellos que han formado o formaron parte de una prodigiosa generación de artistas imbuidos por la cultura de las drogas y del alcohol como parte indisoluble a una forma de vida que ha acabado pasando factura en muchos de ellos. Por fortuna, las capacidades motoras, intelectuales y creativas de Neil Young siguen (aparentemente) intactas, demostrando que su compromiso para con la música sigue siendo el principio vector que rige su existencia, dejando toda su energía sobre el escenario, esta vez, en compañía de la banda comandada por Lukas Nelson vástago del también legendario Willie Nelson—, Promise of the Real, cuyo álbum en común The Monsanto Years (2015) apenas estuvo representado en el set list de sendos conciertos. Algo que hubiera podido llamar al desconcierto si desconoces de antemano el carácter imprevisible del canadiense. Una imprevisibilidad que ha acabado siendo un aliado de excepción de cara a aquellos aficionados que han seguido desde hace mucho tiempo caso de Ricard, quien guardó nuestras espaldas en ambos conciertos, en primera línea de un mar de sensaciones que revolucionaron nuestros corazones de oro a Neil Young por distintos puntos del planeta tierra. Precisamente, en la camiseta del genio norteamericano lucía la palabra «Earth» en sendos conciertos, una manera un tanto subliminal de publicitar su disco que ha salido en el mercado estos días, con una diatriba sobre la tecnología mp3 en forma de bonus tracks que puede resultar ciertamente indigesto para aquellos centrados en exclusiva en degustar el contenido musical de un cancionero que ha superado con creces los quinientos temas. Una pequeña porción pero significativa de ese descomunal cancionero estuvo al servicio de un público entregado en esa noche de luna llena en la capital madrileña Neil Young al poco de iniciar el concierto, señaló con el dedo índice de su mano diestra al planeta más cercano de la Tierra, a modo de presagio de esas good vibrations que dirían los Beach Boys, al igual que los pocos miles de espectadores que abarrotaron el recinto del Poble Espanyol cuarenta y ocho horas después de aquella primera toma de contacto. En esa segunda noche, apostados Esther Solías y un servidor en primera fila en el front stage, pude calcular a vuela pluma que llegamos a estar a unos siete metros de distancia de Neil Young, el hombre que unió nuestros destinos como si de una epifanía se tratara. Otra vez ese número siete que me permitió captar (tapé el flash por "error") con la cámara una imagen que define a Neil Young, la de un artista que muestra su cara oculta. Allí se esconde el secreto de su longevidad, de su constante capacidad por reinventarse y de que siga aflorando una música que resiste como una roca el paso de los años, agarrándose a la misma nuevas generaciones que, en una buena proporción, empezaron a saber del genio de Toronto a partir de ir saboreando las esencias de su séptimo disco (si contabilizamos su disco con Crosby, Stills & Nash, Déjà vú, y sus tres discos con Buffalo Springfield, además del recopilatorio de la banda coliderada por Stephen Stills y Richie Furay), Harvest (1972), bien representado en la selección de canciones (“Heart of Gold”, “Alabama”, una pieza que sonó de manera sublime en sendos conciertos, y “Words (Between the Line of Age”)) que brillaron en esas noches con una temperatura ideal en las que soplaba una leve brisa, anuncio de un verano que para Promise of the Real y Neil Young significará el cierre de su gira europea. Mientras tanto, seguiré soñando con ángeles, aquellos capaces de proyectarme sobre un escenario imaginario siendo el séptimo componente por detrás de Lukas Nelson (guitarra y voz), Corey McCormick (bajo), Anthony LoGerfo (batería) y Tato Melgar (percusión) el cuarteto que conforma Promise of the Real, Micah Nelson (bajo, órgano y voz) y sobre todo Neil Young. Desde el plano de la realidad, Young tomó la pastilla psicodélica para poder mantener un ritmo in crescendo que culminaría en la Ciudad Condal con una magistral interpretación de “Cortez the Killer”, el tema de Zuma (1975) que vino a "substituir" en el set list al de “Like a Hurricane” en el concierto anterior celebrado en el estado español para satisfacción de Norberto de la Mata, «capitán Young», a quien tuve el placer de reencontrarme en esa noche mágica tras siete años, esta vez con la compañía de su mentor y tío, el leonés Luís de la Mata.