martes, 2 de febrero de 2016

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR: UN RELATO EN PRIMERA PERSONA

2016 lleva camino de ser uno de los annus horribilis para los amantes de la música de (pop)rock en sus múltiples variantes por cuanto no cesan las noticias sobre defunciones (David Bowie, Don Henley de Eagles, Paul Kanter y Signe Toly Anderson de Jefferson Airplane, Lemmy Kilmister de Motörhead, Black, etc.) de artistas que se labraron un prestigio dentro de esta disciplina artística. Ante semejante perspectiva, la aparente buena salud de la que gozan músicos por los que profeso una pública y notoria admiración no es motivo suficiente para dejar pasar la oportunidad para verlos y escucharlos sobre un escenario. En el caso de Neil Young promedia esa edad setenta añosen que músicos entregados a la causa de una vida que cualquier facultativo desaconsejaría sus cuerpos empiezan a pasarles factura, situándolos en el pórtico de una eventual enfermedad que, a la postre, podría resultar letal. Por ello, no podía dejar pasar la oportunidad de ver nuevamente en concierto a Neil Young, en Madrid con motivo del recién creado Mad Cool Festival. La suerte no me dio la espalda el primer día del mes de febrero del año en curso cuando adquirí dos abonos del festival madrileño poco antes de que la promoción expirara con todas las entradas vendidas. Esa suerte que me sería esquiva en 1997 cuando Neil Young canceló una gira europea con parada en Barcelona. Por aquel entonces, corrió el bulo que Young se había rebanado un dedo mientras se aplicaba a la ebanistería. A efectos del relato personal, ese año se situaba entre el fin de la etapa consagrada a la edición y dirección de la revista Seqüències de cinema, y el inicio de un nuevo proyecto que embarrancó por motivos ajenos a mi voluntad. De aquel naufragio pude rescatar el material que luego serviría para construir los pilares de la base de datos de cine mundial www.cinearchivo.com (hoy reformulada en www.cinearchivo.net). Pero eso ocurrió con la llegada del nuevo milenio. En 1998 viví mi particular annus horribilis, tratando de recomponer la figura y alzar la vista para enfrentarme a nuevos proyectos. En realidad, aquella experiencia me fortaleció, pero al mismo tiempo explica el porqué de querer controlar a partir de entonces aquellos proyectos donde me haya tenido que implicar a fondo. En ese periodo de impasse, el cine seguía siendo un «valor-refugio», mostrando un singular interés por la novedad que representaba IMAX una tecnología muy costosa que acabaría claudicando frente al chip prodigioso, al punto que llegué a escribir un guión para este formato basado en el relato La doble hélice escrito por mi scientific hero James D. Watson. De las contadas personas que llegaron a leer el guión se encontraba una chica llamada Anna que conocí durante la organización de una muestra de documentales en la zona del Port Vell de Barcelona, muy cerca de donde sigue ubicada la sala IMAX, ahora convertida en un “fantasma del pasado” que vivió sus días de gloria en los estertores del siglo XX. Como reza una estrofa de “Wish You Were Here” (una de las canciones-himno de Pink Floyd), en aquel periodo Anna y yo We're just two lost souls swimming in a fish bowl  («tan solo éramos dos almas perdidas nadando una pecera»). En una ocasión fuimos al cine a ver Los amantes del Círculo Polar (1998). Para ella, el film dirigido por Julio Medem representó una revelación toda vez que se sintió identificada con el personaje de Ana que compone Najwa Nimri en la pantalla. Al cabo de poco tiempo ella conoció a una persona de nacionalidad argentina llamado Otto, al igual que el personaje que interpreta Fele Martínez. Los palíndromos en la vida real iniciaron un idilio. Nunca más supe de aquella chica rubia. Sencillamente, la perdí la pista. La sigo deseando lo mejor para alguien que compartió conmigo momentos difíciles.
    Transcurridos varios lustros, Los amantes del Círculo Polar asimismo han cobrado un significado particular para mí. Lo haría a raíz de que Neil Young dio un concierto en 2009 en el marco del Primavera Sound. En aquel periodo me encontraba enfrascado en la escritura de una monografía sobre el genio canadiense y la ocasión tras la tentativa frustrada una docena de años atrásresultaba propicia. Éramos miles de personas concentradas en torno al escenario donde Neil Young ofreció un recital que demostraría su extraordinaria calidad artística. En aquel recinto, entre el público asistente muy cerca de mí había una persona muy especial. Quizás nos llegáramos a cruzar o tomáramos contacto a nivel visual sin saber nada el uno del otro. Tres años más tarde, ella estuvo en Torredembarra, en el III Rust Festival, evento consagrado a mayor gloria de Neil Young. Ella se llama Esther Solías y ha pasado a ser mi mujer, mi compañera y mi amiga. El destino nos ha unido. Prácticamente cuatro años después de aquel primer encuentro, volveremos a gozar de un espectáculo presidido por Neil Young situado encima de los escenarios. Pero en esta ocasión lo haremos juntos, sin perder detalle de lo que ocurra sobre los escenarios. It’s a dream, only a dream. Un sueño del que no pienso despertar el resto de mi vida, sabedor que el amor llegó hace cuatro años para quedarse. Espero algún día que nos sigamos procesando ese amor contemplando auroras boreales mientras desvío un pensamiento hacia el film de Medem. Uno de esos films que, lejos de desvanecerse, ha quedado sedimentada en el fondo de mis recuerdos preferentemente por un doble motivo: al quedar asociado a la imagen de esa amistad surgida en tiempos de confusión y desconcierto, y al calor del relato de esas almas sabedoras que sus destinos están escritos para quedar conectadas para siempre.  

domingo, 10 de enero de 2016

EL HUEVO DE LA SERPIENTE EN LA CATALUNYA DEL SIGLO XXI: UN NEOFASCISMO CAMUFLADO DE INDEPENDENTISMO

A mediados los años setenta, impelido por cuestiones de orden fiscal, Ingmar Bergman abandonaría temporalmente su país natal, Suecia escenario de la treintena de largometrajes que había filmado hasta entonces, para rodar Das SchlangenenerThe Serpent’s Egg en la extinta Alemania del Este a partir de un guión propio. Presumiblemente no sea uno de los títulos más conocidos de la vasta filmografía de Bergman, pero a mi juicio sí uno de los más interesantes porque coloca el foco sobre la realidad de los años veinte en la Alemania de la República del Weimar, allí donde se fermentaría el caldo de cultivo del nazismo a través de una propuesta que, como lleva implícito su propio título, adopta un componente alegórico-metafórico de verdadero calado. Estrenada en nuestro país a las puertas de aprobarse la Constitución Española vía referéndum julio de 1978, su repercusión fue puntual y nunca llegó a adquirir el rango de clásico de la cinematografía europea por razones que se me escapan. Lo que sí parece fuera de toda duda es que la expresión metafórica «el huevo de la serpiente» hizo fortuna, siendo acuñada por la clase periodística para titular artículos en torno al auge de movimientos de sesgo totalitario preferentemente registrados en el viejo continente. Incluso la literatura adoptaría la expresión El huevo de la serpiente como título, por ejemplo, en la obra de Eugeni Xammar publicada por Editorial Acantilado en 2005, quien conocería de primera mano la realidad de la Alemania de los años veinte, coincidiendo en aquel periodo con Josep Pla en Berlín debido a su condición de corresponsal de La publicitat. Xammar y Pla constatarían que ese discurso desbocado hacia el totalitarismo en la voz de Adolf Hitler a quien llegó a entrevistar el primerotuvo en la asfixia económica producto de una inflación creciente uno de los principales argumentos para que infinidad de ciudadanos acabaran “comprándolo”.
    Transcurridos casi cuarenta años desde el estreno de El huevo de la serpiente, este término obtiene para un servidor una pertinente aplicación en la realidad de la Catalunya del siglo XXI, en razón de esa vena totalitarista que recorre el cuerpo de un independentismo que se sabe fuerte cuando identifica al enemigo. Pero ese enemigo ha dejado de ser en exclusiva el gobierno del Partido Popular (PP) incapaz de dar su brazo a torcer en relación a las demandas de carácter económico (léase recaudatorio) provenientes del gobierno catalán liderado por Artur Mas. Ahora, el enemigo está en todas partes y cabe combatirlo con la artillería propia de los que se sienten fuertes porque el independentismo es un valor en alza en esa bolsa imaginaria donde todo se mide en términos de dinero, de balances fiscales, de dividendos económicos, etc. El 9 de enero de 2016 será la fecha que quede grabada para muchos de los catalanes conforme a ese punto de inflexión que adopta la forma del huevo de la serpiente, aquel capaz de incendiar las redes sociales con insultos y descalificaciones por parte de ese sector independentista que se sabe victorioso porque en el Parlament tendrá una mayoría de representantes (léase diputados) a favor del proceso de “desconexión” del estado español. En esos escritos dictados con el corazón caliente sale el verdadero fascista que llevan dentro, proyectando insultos como el de “viejo” a aquel como Lluís Rabell con una amplia trayectoria a sus espaldas en la lucha en defensa de las clases más desfavorecidas, y que fue candidato por Catalunya Sí que es pot en los pasados comicios autonómicos convertidos por la formación Junts pel sí en un plebiscito cuyo resultado no arrojaría una mayoría de votos a favor de la independencia simplemente expresó una verdad como un puño: el nuevo President de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, es un “testaferro” de Artur Mas. Una decisión adoptada in extremis por Artur Mas, sabedor que si se convocaban elecciones en marzo de 2016 el independentismo sufriría un considerable retroceso, entre otros factores, merced a la irrupción de Podemos en el estado español situada como tercera fuerza en las elecciones generales celebradas el 20 de diciembre de 2015, a escasa distancia en número de votos del segundo, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), plasmando en su programa un referéndum a celebrar al corto plazo que desbarata los planes marcados en la hoja de ruta de Junts pel Sí, esto es, Convergència Democràtica (CD) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con el auxilio de las plataformas sociales que los arropan. Así pues, se daba por cumplida la finalidad de imbestir un Presidente que apueste por seguir la hoja de ruta del independentismo gracias a dos votos a favor de miembros de la CUP (un partido de sesgo asambleario, anticapitalista y que plantea en su programa la salida de Catalunya del Euro) después de tres meses de “negocaciones” más propias de un sainete o de un argumento de una película de Luis G. Berlanga (buen conocedor del territorio). Una maniobra que para esos totalitaristas con la piel de cordero de independentistas que se mueven como pez en el agua en el éter de internet ha sido poco menos que dar cumplimiento a una aspiración altamente deseada. Y en esa lectura, Mas ha sido el “sacrificado”, el Presidente que pasará a la historia por su acto “heroico”. Pero difícilmente Mas se resistirá a abandonar la política con apenas sesenta años cumplidos. Como expresa Richard Hughes en el título de la primera obra de su trilogía inconclusa, Mas es el zorro en el ático que aguardará su momento para ser saludado por muchos el referente inexcusable capaz de dar carta de naturaleza al independentismo en Catalunya. Será entonces cuando la serpiente rompa su frágil cascarón. Vacua ilusión a mi entender porque afortunadamente el seny se acabará imponiendo al totalitarismo disfrazado de independentismo, solo representativo de una parte de la sociedad catalana con sede en Girona, la ciudad donde ha ocupado en los últimos años el puesto de alcalde Carles Puigdemont. En virtud de su fugaz paso por la Presidencia de la Generalitat, la existencia de Puigdemont bien podría tildarse «De la vida de las marionetas»... precisamente el título de la segunda y última producción dirigida por Bergman alejado de los dominios de su Suecia natal.      


jueves, 24 de diciembre de 2015

«BOB DYLAN: TODAS SUS CANCIONES. LA HISTORIA DETRÁS DE 492 TEMAS» (2015): EN LAS ENTRAÑAS DEL TROVADOR DE MINNESOTA

Nadie que tenga un mínimo conocimiento de la historia de la música en el siglo XX le puede negar a Bob Dylan la condición de artista escogido entre los escogidos, autor de uno de los legados más valiosos, más brillantes e influyentes de la era que nos ha tocado vivir. Y entre los muchos calificativos que los musicólogos de las últimas cinco décadas han dedicado a Dylan quizá el más resonante sea el que tiene que ver con su aptitud para la escritura de letras de canciones. Las aseveraciones maximalistas siempre son peligrosas, pero existe un bastante amplio consenso en considerar a Dylan como, simplemente, el mejor escritor de canciones del mundo. Se le consideró así ya desde una edad muy temprana, cuando a los veintipocos años, y al poco tiempo de llegar al caldeado escenario creativo y musical de Greenwich Village, se significó como el profeta de la generación contracultural, primero recogiendo la tradición left wing de trovadores como Woody Guthrie, después afinando su talento en la órbita de la generación beatnik. La cascada inaudita de grandes canciones que van desde Blowin’ in the Wind o Masters of War a Like a Rolling Stone o Just Like a Woman aún son consideradas en líneas generales o más bien bajo el barómetro de lo acumulativo, pues, y resulta ciertamente pasmoso, esa batería prodigiosa de canciones son escritas y grabadas en un lapso inferior a un lustro, entre 1962 y 1966 las más valiosas de su repertorio. Pero Dylan nunca dejó de estar ahí, de reinventarse, de jugar al escondite con el público y la crítica, de sacar discos o capitanear proyectos musicales de órdago con aliados de lujo. Han ido pasando las décadas y el músico de Duluth ha ido engrandeciendo su legado en registros bien distintos pero en los que siempre se ha caracterizado, por encima de juicios particulares, por tres elementos característicos que son los que en definitiva resumen si ello es posible lo dylaniano: la efervescencia poética de las lyrics, el dejarse acompañar por grandes músicos en deriva cada vez más franca a la vena blues, y el acento en radiografías humanistas y de corte social (que es una definición más amplia que la lectura ideológica o meramente política de las protest songs de sus inicios).
   Pues bien, si damos por bueno ese consenso y le otorgamos a Dylan la condición de uno de los mejores, sino el mejor, escritor de letras de canciones de la historia, de entre la muy abundante bibliografía que existe en España consagrada al músico hay dos libros que ningún estudioso de la música no digo ya un dylanita debe perderse, y que de hecho se complementan como lo hace un vademécum técnico y su correspondiente soporte practicum. Uno, el tomo Bob Dylan. Letras 1962-2001, publicado por Global Rythm en 2011, contiene precisamente eso, las letras, en lengua original y su traducción al castellano, de todas sus canciones hasta el álbum Love and Theft (2001). El otro, en realidad más valioso desde un punto de vista analítico, es el majestuoso volumen que Blume ha editado recientemente y que aquí nos ocupa,  Bob Dylan. Todas sus canciones, en el que los ensayistas Philippe Margotin y Jean-Michel Guesdon nos proponen adentrarnos en la génesis creativa y entraña artística de todas y cada una se dice deprisa de las 492 canciones editadas por el trovador de Minnesota hasta 2015.
   En esta “crónica de un repertorio”, como los propios autores tildan la obra, el aficionado puede, a priori, pensar que va a encontrarse uno de esos voluminosos trabajos cuyo mayor esmero es la labor de presentación y la profusión de documento gráfico. Se equivocan. No porque no sea así, ya que el volumen, haciendo buena la política editorial de Blume, se caracteriza por la excelencia en esos apartados formales. Pero lo que es más sorprendente, lo que convierte la obra en imprescindible, es la sabiduría y el tesón implicados en la confección de un documento que aúne lo exhaustivo con lo metódico, fruto de un trabajo de investigación sin duda arduo, y que Margotin y Guesdon han rubricado con éxito. Los autores hacen sencillo lo complejo proponiendo ese recorrido de forma rigurosamente cronológica –de tal modo que las primeras canciones analizadas, por ejemplo, no son las que corresponden al álbum epónimo que Dylan publicó en primer lugar, sino a tres grabaciones pretéritas por mucho que hayan visto la luz después, en la celebrada serie de los Bootlegs–, dedicando una presentación descriptiva de cada uno de los álbumes publicados del autor para después adentrarse en cada una de sus canciones, cosa que se aborda desde una doble perspectiva: la génesis y la letra por un lado, y la realización o ejecución musical por otra. Y eso sirve para cada uno de los treinta y cinco álbumes de estudio publicados por Dylan hasta Shadows in the Night, pero cediendo igualmente espacio a los singles, los recopilatorios, las bandas sonoras y los outtakes o rarezas que, mayoritariamente, han ido engrosando la citada colección The Bootlegs Series. Se hace evidentemente un mayor hincapié en las canciones más memorables, pero no resulta de ello una descompensación. Y, en buena lógica de lo afirmado, el resultado es un libro que roza la condición enciclopédica, un volumen de consulta más que una de esas obras que el dylanita devora con fervor en tres noches de insomnio. Su pretensión de entregar un trabajo de absoluta referencia resultaba difícil a estas alturas (pues, como se ha dicho, es abundante y notable la bibliografía sobre lo dylaniano), pero Margotin y Guesdon salen airosos por su capacidad para glosar toda esa galaxia Dylan recurriendo, como corresponde a un buen trabajo de estudio por mucho que en nuestro país se estile poco, al menos en lo que concierne al estudio de la música y el cine, no tanto a la apreciación personal –siempre discutible, siempre mutable– cuanto a multitud de testimonios de los propios interesados Dylan, sus músicos, acompañantes de gira, periodistas que las cubrieron, etc y referencias periodísticas que del modo más escrupuloso son citadas y debidamente referenciadas en un apartado final bibliográfico, en el que también comparece un valioso índice onomástico de todas las canciones de Dylan y de otros citadas a lo largo del texto. Chapeau.

   Dylan es el músico, el profeta, el escapista, el poeta, el maestro, el genio. Dylan es inagotable. Cambió el paisaje de la música rock para siempre; pero, mucho más que eso, se puede decir que el mundo es mejor gracias a su eminente legado artístico. Por eso no quiero resultar altisonante cuando manifiesto, con total convicción, que su obra debería estudiarse en las escuelas. Y si así fuera, sus discos serían el material docente y este extraordinario volumen de Blume sería el complemento idóneo, el libro de texto que da las claves más precisas para encontrar esa puerta mágica que, cuando uno abre, ya no cierra jamás.



viernes, 11 de diciembre de 2015

¿POR QUÉ VOTARÉ A PODEMOS EL 20-D?: DEL MINUTO «DE GRACIA» A LA LEGISLATURA «DE GRACIA»

7 de diciembre de 2015. De regreso de un largo semana en Carcassone, conocida por su ciudad amurallada situada en un promontorio cercano al núcleo urbano, al poco de cruzar en automóvil la frontera francoespañola, hicimos un alto en el camino en la Jonquera, a pie de autopista. A pesar de los atentados acaecidos en París que habían conmocionado a la sociedad francesa semanas antes, no parecía advertirse un incremento de la policía aduanera al paso por territorio español y, una vez cubiertos unos cuantos kilómetros, el puesto de descanso registraba en un lunes festivo muy poca actividad. Mientras mi mujer Esther y mi cuñada Silvia trataban de recuperar el apetito a base de ensaladas, me abstuve de ingerir alimento alguno y me interesé por ver el debate a cuatro programado por Atresmedia en distintos canales y emisoras. Situadas en una de las paredes que revisten el self service donde entramos, dos pantallas de televisión parecían concitar a una cinefilia invisible (Paramount Channel hacía su enésima referencia a un mundo en armas a través de una película protagonizada por Charlton Heston). Sugerí que cambiaran de canal con el ánimo de ver un programa largamente anunciado. Debía hacer algún comentario para mí mismo que las antenas de la mujer de la limpieza que actuaba por esa zona del self service donde me encontraba se subió rauda al carro de las ilusiones, viendo reflejado esa luz en sus ojos cuando hablaba que su voto sería a favor de Podemos, al tiempo que la mirada del encargado de sala parecía dirigirnos alguna suerte de letanía (anuncio de una reprimenda que quedaría fuera de campo para un servidor). En un punto intermedio, se situaba una mujer de mediana edad que se ocupaba de servir los platos, firme en su postura de comentar que todos los políticos cuando tocan poder se convierten en lo mismo y, por consiguiente, se desapuntaba a la hora de votar el próximo 20 de diciembre. 
 Al regresar sobre la carretera, aquella minúscula anécdota me reafirmó en la idea que Podemos ha despertado renovadas esperanzas para la base de un país que ha experimentado un grave retroceso en el último lustro en materia educativa, social, económica, sanitaria, cultural, etc. Cuando volví a tomar tierra mis pensamientos sintonizaron con ese debate a cuatro, pero me batí en retirada sin saber el contenido de ese “minuto de oro” reservado a cada uno de los participantes. Al día siguiente, entré en Youtube y me recreé en ese minuto reservado a Pablo Iglesias, en un speech que fue todo un prodigio de capacidad de síntesis de las razones del porqué votar a Podemos. Un discurso final exento de mácula, en que Iglesias colocaba en el muro de la vergüenza, casi como si se trataran de postifs, un rosario de actos punibles, denunciables amparados por el gobierno del PP (Partido Popular) con el ausente (en el debate) Mariano Rajoy al frente de la presidencia. En contraposición, la invitación a esbozar una sonrisa (la misma que parecía dibujar de manera profética la humilde trabajadora de la limpieza con la que intercambié unas palabras la noche anterior) por parte de esas clases bajas y medias si soplaban aires de cambio en vísperas de Navidad me llevó al convencimiento que Iglesias, en esa formulación dual, había dado en la diana en poco menos de un minuto “de gracia”. Esos aires de cambio parejos a los que habían soplado, de norte a sur, de este a oeste, en el territorio español a principios de los años ochenta de la mano de un PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con Felipe González en su punta de lanza. A lo largo de las últimas décadas del siglo XX y en el arranque del nuevo milenio los logros del PSOE han sido incuestionables, pero resulta más que evidente que han sido incapaces muchos de sus dirigentes por combatir una corrupción enquistada en sus órganos de gobierno, sobre todo allí donde se sigue localizando uno de sus principales graneros de voto, en la comunidad andaluza. Asimismo, los desvaríos verbales, entre otros, del que había sido el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, en relación al Estatut de Catalunya aprobado a mediados de la década pasada por el Parlament, contribuyeron a abrir la caja de Pandora en forma de un independentismo que ha ido haciéndose fuerte en los últimos tiempos. Momento más que oportuno para que Artur Mas, el líder de la extinta Convergència i Unió, aprovechara la circunstancia para levantar una cortina de humo y así tratar de tapar la puerta de entrada de ese avispero de corrupción localizado en el seno de un partido que acabaría escindiéndose en el verano de 2015, en la antesala de las elecciones autonómicas con marchamo plebiscitario verbigracia de la formación/agrupación de nuevo cuño Junts Pel sí (la suma de distintas plataformas sociales, ERC i Convergència Democrática). Tratando de recomponer la figura, el PSOE ha escogido a Pedro Sánchez como su frontman para aspirar a ganar las elecciones el 20-D. Una vez puesto en evidencia frente a alguien mucho más preparado que él como es Pablo Iglesias en el debate a cuatro, con las expectativas de voto en franco declive el PSOE ha movilizado a barones y ex presidentes para contrarrestar el avance inexorable de Podemos, el partido que representa para un servidor lo mejor de aquel partido socialista —al que confié el voto al estrenar mi mayoría de edad hasta 2012, con algún que otro voto en blanco en forma de “castigo” por los asuntos de corrupción que salpicarían a algunos representantes de su cúpula y a cuadros intermedios— guiado por la dupla González-Guerra. Ahora, esa guardia pretoriana del PSOE de los años ochenta y noventa, lejos de entender la realidad de la cosas con un partido emergente que ha sabido aglutinar una ilusión, armando un discurso dictado por el sentido común (el menos común de los sentidos, dicho sea de paso) y con un claro objetivo por “rescatar” a las personas más necesitadas y dejar de que el gobierno de turno sea, entre otras cuestiones, la correa de transmisión para los intereses de una élite económica y financiera, arremete contra el partido liderado por Pablo Iglesias con una artillería de despropósitos que quizás alcance para ser recogida con entusiasmo por un sector de la población. Pero, intuyo, que gran parte de los votantes de izquierda —una etiqueta que personalmente no me entusiasma pero resulta orientativa al respecto— y aquellos instalados en el abstencionismo sine die empiezan a mirar un horizonte con esperanza gracias a una formación llamada Podemos, enraizada en la sociedad civil, a la que daré mi voto el próximo 20-D. Cada una de las palabras, frases expresadas por Pablo Iglesias el pasado 7 de diciembre en los estudios de Atresmedia en Madrid las suscribo a pies juntillas. Un minuto "de gracia" que esperemos se convierta en una legislatura "de gracia” con Podemos encabezando un gobierno del que nos podamos sentir orgullosos fuera y dentro de nuestro propio territorio. Podemos.

domingo, 29 de noviembre de 2015

«EL ÁRBOL» (1979), de JOHN FOWLES: DESHOJANDO AL NATURALISTA

John Fowles (1926-2005) vivió hasta los setenta y nueve años, pero puede decirse que tan sólo fueron unos veinticinco los que pudo desarrollar una actividad plena en el ejercicio profesional de la escritura. El éxito de su novela de debut, El coleccionista (1963), acompañado por su proverbial adaptación cinematográfica un par de años más tarde, propiciaría que el inglés Fowles asumiera el mando de su futuro en el campo de las letras, destinando innumerables horas a perfeccionar una técnica literaria extraordinariamente refinada al final de esa misma década. En ese periodo alumbraría La mujer del teniente francés (1969), cuya traslación en imágenes a cargo del angry young man Karel Reisz teórico del free cinemano llegaría hasta los inicios de la década de los ochenta. En este intervalo temporal Fowles consignaría la escritura de un ensayo sobre la naturaleza titulado de manera escueta The Tree (1979). Haciendo un alto en su “tradición” por publicar piezas literarias, el sello Impedimenta ha acomodado a su excelente catálogo el ensayo El árbol coincidiendo con el cumplimiento del décimo año de la muerte de Fowles, afectado de apoplejía en los que, a la postre, serían los últimos dieciocho años de su vida.
    A falta de certificar una autobiografía a buen seguro, la enfermedad cerebrovascular que padeció laminaría cualquier tentativa viable en este sentidoEl árbol (con una impecable traducción al castellano de la también escritora Pilar Adón) deja filtrar en ese suelo donde se asienta su celebrado ensayo aspectos vitales referidos al propio Fowles, abonando así la idea que su dedicación literaria tuvo su germen en las veleidades artísticas de su progenitor. Unas inclinaciones creativas de la figura paterna que salieron a la luz precisamente cuando John Fowles recibió elevados emolumentos por las ventas de El coleccionista, una cuestión que reclamaría la atención del primero por encima de la calidad de la escritura que atesorara esta pieza de debut. Así, al calor del éxito comercial de The Collector, Mr. Fowles, dedicado a un negocio de tabaco que iría languideciendo con el paso de los años, hizo entrega a su hijo de un manuscrito novelado sobre su experiencia en la Primera Guerra Mundial, un entorno bélico con un fondo romanticista que el incipiente escritor utilizaría alguno de sus pasajes para incorporarlo al corpus literario de su ambiciosa El mago (1966).  Una manera de “premiar” un texto que, según el prisma de John Fowles, no tenía los márgenes de calidad necesarios para ser considerado ni tan siquiera por un editor para su eventual publicación. En virtud de este juicio severo, John Fowles trataría de disuadir a su padre de que albergara cualquier esperanza porque le siguiera los pasos profesionales. Esos pasos que condujeron a John Fowles hacia una senda inexplorada por el autor de The Magus, la de un ensayo sobre la naturaleza que amaga por derroteros autobiográficos (con algún que otro apunte curioso, como su devoción, compartida por su colega Vladimir Nabokov, por la caza de mariposas para coleccionarlas, elemento inspirador de su opera prima) pero que, al cubrir la lectura de sus primeras páginas, reconduce el texto hacia un propósito inicial. Éste recibió el respaldo de una erudición nacida de ingentes lecturas relativas a un sinfín de temáticas (algo que le permitió vincular las obras literarias primerizas de la Historia con una de sus constantes, la ubicación de las mismas en espacios boscosos), pero también de la observación de esa fiel compañera durante su exilio de la realidad urbana: la naturaleza. En cierto sentido, más que en un ensayo, El árbol muda a un follaje de distinto color, el correspondiente a una especie de manifiesto en favor de la preservación de una naturaleza salvaje fruto de una pulsión ecologista que había arraigado a finales de la década de los setenta, con movimientos impulsados por la sociedad civil que cuestionaban la seguridad de centrales nucleares, tal como ocurrió por las fechas de la publicación de esta pequeña obra con el accidente registrado en la central Three Mile Island, en Harrisburg (Estados Unidos). Entre líneas podemos leer una conciencia ecológica por parte de John Fowles que amplía la visión de un humanista dedicado en cuerpo y alma al estudio desde su refugio espiritual, una granja de Dorset, confiando que semejante entorno privilegiado le guiara hacia la inspiración, aunque su producción literaria fuera relativamente baja en comparativa con otros escritores coetáneos. Con todo, cada página (del centenar que contiene el total) de El árbol vale su peso en oro por la lucidez de su razonamiento, avanzado en tantos aspectos a su tiempo, proponiendo que ese propósito taxonómico que embarga al naturalista (semi)aficionado quede en segundo plano, imponiéndose una observación medida casi con un enfoque espiritual y dejando constancia que sigue siendo uno de los bienes más preciados del que la humanidad puede beneficiarse. Una temática nada baladí en tiempos donde el cambio climático puede causar estragos que, de no poner coto de manera proactiva entre todos, resultaría irreversible. Bajo la luz de la realidad actual del siglo XXI, las palabras de John Fowles plasmadas en El árbol encierran una orientación de carácter profético que hace aún si cabe más recomendable su lectura. Se lee en un suspiro, pero las lecciones que podemos extraer de la misma se antojan imperecederas. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

«EL ZORRO EN EL ÁTICO» (1961), de Richard Hughes: PRIMER MOVIMIENTO DE UNA OPUS MAGNA INCOMPLETA

Fruto de la casualidad o de la intencionalidad, el sello barcelonés Ático de los libros reservaría para la obra número treinta y cinco de su catálogo el título El zorro en el ático (1961), un titulo que ya encierra una enmienda a lo metafórico para el que sería el tercero de los libros de su autor, Richard Hughes (1900-1975). Desde que me asomé a su bautizo literario con Huracán en Jamaica (1927), en su edición a cargo de Alba, adaptada el cabo de los años por el norteamericano de ascendencia escocesa Alexander Meckandrick —después de varias tentativas frustradas, que incluía el proyecto de dirigirla Peter Ustinov—, tuve la fijación de regresar sobre el universo de su autor, Hughes, aunque el abanico de las opción se reducía a tan solo tres títulos más. Pese a haber vivido tres cuartos de siglo, las razones del porqué de la baja producción literaria de Hughes deben atribuirse esencialmente a su necesidad, casi imperiosa, por cocer a fuego lento cada uno de sus proyectos literarios, máxime si se trata de una ambiciosa trilogía bajo el genérico «La condición humana», que tan solo llegaría a completar las dos primeras partes. El punto de parte de la trilogía ordeñada por Hughes se corresponde con el título que figura al inicio de este texto, el de El zorro en el ático, cuya salida al mercado coincidiría con una recuperación de la memoria histórica sobre el nazismo en razón de la divulgación de una pieza cinematográfica, Vencedores o vencidos /El juicio de Nüremberg (1961), que ganaría a la comprensión sobre la realidad de un periodo particularmente oscuro de la historia contemporánea en el viejo continente. El juicio celebrado en la ciudad bávara puso de relieve las atrocidades guiadas bajo la tutela de manos medios y la cúpula del régimen nazi, aunque los abogados defensores de los acusados trataban de presentar a algunos de estos representantes de la jerarquía militar y política del alemán con la piel de cordero, eso sí pero en sus entrañas aullaba el sonido sordo de lobos o zorros que perseguían en su fuero interno un cambio de status quo de  Alemania tras la complicada situación de índole económico que atravesaban (la inflación se disparó, los suelos y las pensiones iban a la baja, las tasas de paro crecieron) pero también relativa a la identidad nacional que padecían gran parte de su población. Aquellos barros (la derrota sufrida por Alemania durante la Primera Guerra Mundial)  derivarían en esos lodos que propiciarían una revuelta popular cuyos hilos manejaban militares y políticos con un complicado encaje en las estructuras de gobierno de lo que se dio en llamar la República del Weimar. Baviera concentró en primera instancia esos movimientos de rebeldía que Richard Hugues dedica varias páginas de su libro invadida de un propósito de thriller, tocada con un halo de misterio que no cierra las puertas a una disposición narrativa netamente encarada a establecer alegorías, por ejemplo, entre la ceguera progresiva que padece Mitzi —su prima y, a la par objeto de deseo de Augustine, un representante de la aristocracia británica acusado del asesinato de una niña en su país natal, que echa tierra por medio y decide instalarse en la Alemania de entreguerras— que nos habla, entre líneas, de un país germano que se tapa las vendas mientras Adolf Hitler, cuál flautista de Hamelín, va reclutando adeptos para la causa del nazismo. La lectura de El zorro en el ático representa una de las novelas de carácter histórico que mejor nos ayudan a entender ese lento proceso de conquista de una mentes atacadas por numerosos problemas (las carencias económicas, quizás en primer término) hasta desembocar en una alienación guiada por un sentimiento patriótico y de reconstrucción de la que será una nueva Alemania, con un punto final de una primera etapa trazada en el imaginario de Hitler y sus acólitos con el alzamiento del nacionalsocialismo en 1933. Ese fondo histórico lo maneja con solvencia Hughes, quien invirtió ingentes horas en documentarse sobre el periodo, con algún que otro aporte en forma de testimonio directo, en especial, de ese Adolf Hitler cuyo ego parecía emanar de una fuerza interior de naturaleza desconocida. Un personaje con unos trazos psicológicos que no escapan a la necesidad de Hughes por encontrarle acomodo a la hora de trenzar una historia que combina elementos ficticios y reales. A veces el lector puede tener la sensación que Hughes introduce esos personajes ficticios conforme a simples intrusos para sacar a la palestra su verdadero objetivo, el de ir conformando un tejido de personajes interrelacionados con su propia problemática incorporada, para así ofrecer una orientación lo más apegada a la realidad de ese mundo que caminaban con decisión, paso firme, hacia una “reinvención” de Alemania bajo las directrices del nazismo. El huevo de la serpiente estaba a punto de entrar en una nueva fase, la que supuso su salida del cascarón y de la que Hugues, doce años de haber entregado la primera parte de su ambiciosa trilogía, cursaría la entrega de una segunda, The Wooden Shepherdess (1973), que a buen desde Ático de los Libros tienen en perspectiva para 2016 su publicación, no sin antes evaluar el refrendo que haya obtenido una obra de arte confeccionada por un autor de culto cuyas velas repletas de talento se desplegarían para acomodar una historia ubicada en un mar embravecido donde resuenan de fondo, en los claros de bosques frondosos del país germano, los cánticos alemanes procurados, entre otros, por un joven e impetuoso Joseph Goebbles, a la búsqueda de redefinir un sentimiento identitario. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

«PINK FLOYD: TRAS EL MURO» (2015), de Hugh Fielder: TRIBUTO EN PAPEL A UN GRUPO FUNDAMENTAL DE LA HISTORIA DEL ROCK

   
Al cumplir el medio siglo de existencia, Pink Floyd sigue siendo una marca rentable aunque el grupo como tal parece haber echado el cierre definitivo con la publicación de The Endless River (2014) después de veinte años de silencio discográfico. De hecho, este disco compacto nace precisamente de los outakes («descartes») de las sesiones de grabación de The Division Bell (1994), a imagen y semejanza de la operación llevada a cabo años atrás por Roger Waters en The Final Cut (1983) en relación a su Opus Magna The Wall (1979). Obra referencial en el contexto de la música de rock contemporánea, The Wall representó un antes y un después en la historia de la banda británica. Así queda reflejado en el libro de reciente publicación en nuestro país, Pink Floyd: tras el muro (2015), a cargo del sello Blume, en que a lo largo de doscientas páginas (descontados los apéndices en forma de índice, discografía, álbumes, créditos de imágenes, bibliografía seleccionada y agradecimientos) el aficionado puede asistir a la historia del grupo a través de un despliegue fotgráfico espectacular y unos textos que guardan un propósito periodístico dictado por Hugh Fielder, reservando algún que otro alto en el camino para destacar las sincronías establecidas por unos cuantos fans («con mucho tiempo libre», a juicio de un mordaz David Gilmour) entre The Dark Side of the Moon (1973) y la producción cinematográfica El mago de Oz (1939), la peculiar relación marcada a fuego entre Gilmour y su fiel amante la Fender Stratocaster (incluso llegaría a editarse en 2009 un modelo de esta guitarra con su nombre) y las razones del porqué del éxito de The Dark Side of the Moon que, contra la creencia generalizada, a fecha de hoy sigue superando por bastantes millones a las ventas del genuino The Wall.
    No creo traicionar a mis pensamientos si manifiesto que Pink Floyd ha sido y creo que seguirá siendo mi grupo favorito, la piedra roseta que me abrió el camino al conocimiento de la música contemporánea. Aquel enamoramiento adolescente al calor de la escucha de The Wall con su posterior aliño en forma de propuesta cinematográfica matriculada en la factoría de Alan Parker dejaría paso hace unos años, dentro de la obra Historia del rock sinfónico (2012, T&B Editores), a un extenso ensayo sobre Pink Floyd con el revelador subtítulo «La suma de todas las partes» (una expresión que sería del agrado del batería Nick Mason). Después de publicar otros tres libros, en este otoño de 2015 me he enfrentado a la lectura de Pink Floyd: tras el muro con el interés propio de alguien ocioso por bucear una vez más en el relato cronológico de una de las bandas señeras del planeta, ampliando horizontes sobre el conocimiento de la historia de Pink Floyd a través de una prosa que no escatima el sentido de la reflexión, que maneja los datos con solvencia y claridad expositiva, y desarrolla una línea de pensamiento que desemboca inexorablemente a hacer partícipe al lector que un fenómeno musical de estas dimensiones responde a los estímulos propios de una época donde los estadios donde se celebran conciertos multitudinarios han acabado convirtiéndose en auténticos centros de culto, de adoración de las masas por esas “deidades” apostadas sobre el escenario, rodeados de todo tipo de artilugios instrumentales de nueva generación. De ello se percataría Roger Waters durante la gira The Flesh celebrada en 1977, cuya parada final en el estadio Olímpico de Montrealdio pie a una anécdota que alcanzaría rango de categoría escupió a uno de sus fans, especialmente impertinente en el curso del showal encender la mecha de lo que un par de años sería la puesta de largo de su doble álbum conceptual The Wall. El éxito del mismo sacaría a flote la empresa financiera que movía la maquinaria de Pink Floyd, en el punto de mira del fisco británico tras una serie de inversiones fallidas provocadas por un hombre de confianza que no tardaría en ingresar en prisión. De estos avatares en paralelo a las dinámicas estrictamente creativas de los Floyd se ocupa el presente volumen, pero la música deviene el espacio nuclear, evaluando esos procesos creativos que sufrieron un vuelco con la salida (forzada y forzosa) de Syd Barrett, el reverso de esa «cara oculta» del éxito que han tocado con los dedos David Gilmour, Nick Mason, Rick Wright y Roger Waters, este último quien se mantiene aún pegado a un muro que le ha devuelto la ilusión por situarse encima del escenario y así conquistar nuevos públicos. Solo así se entiende la extraordinaria recepción de sus espectáculos en directo de The Dark Side of the Moon y The Wall, piezas angulares de un legado discográfico que fluye de color de rosa, aunque bajo la superficie haya sido en realidad un camino plagado de espinas, desde el desinterés discográfico de propuestas que no parecían conducir a ningún sitio (Atom Heart Mother, cuya música quiso utilizar Stanley Kubrick para La naranja mecánica, o Meddle) hasta las trifulcas judiciales libradas entre la batería de abogados a sueldo de Waters y los abogados de la defensa del resto de los Floyd por la utilización de un nombre cuya rentatibilidad, como advertía al inicio de este escrito, sigue mostrando señales de fortaleza. De tal suerte, por ejemplo, The Dark Side of the Moon vende un cuarto de millón de copias cada año de media y todo parece indicar que la historia de Pink Floyd, tarde o temprano, tendrá refrendo en la ficción cinematográfica, entre cuyas líneas argumentales a buen seguro podría quedar consignada la rivalidad sostenida en el tiempo por David Gilmour y Roger Waters, caracteres disímiles pero con un talento común, diríase que innato, para la música. Una disciplina, un arte que para quien suscribe estas líneas tendría otro sentido sin el relato musical de Pink Floyd.      

miércoles, 11 de noviembre de 2015

«CRONOMOTO» (1997) de Kurt Vonnegut: DOBLE SALTO MORTAL

En  marzo de 2003, a las puertas de una primavera especialmente “caliente” en cuanto a agitaciones sociales y políticas en nuestro país, Angle Editorial, en su colección titulada «Narrativas», publicaba Salt en el temps, una suerte de reflexiones plasmadas al papel por Kurt Vonnegut (1922-2007), que habían nacido tras una tentativa frustrada por dar acomodo a una nueva novela. Aquellos ociosos en ir completando el parque de piezas literarias (relatos cortos, ensayos, novelas, etc.) de Vonnegut nos hicimos con un ejemplar, pero me aventuro a creer que la tirada fue ciertamente limitada, máxime al tratarse de un libro escrito en catalán. Recuerdo con certeza, eso sí, que Salt en el temps pasó por mis manos con celeridad, acomodando una de esas lecturas rápidas que suelen sustanciarse en una plaza hotelera o en el interior de un tren de media o larga distancia. Para los que orbitamos en el «planeta Trafalmadore» las lecturas de Vonnegut resultan de esta naturaleza; no precisan de una serie de etapas para dejar “reposar” el texto y volver sobre el mismo al cabo de unos días o semanas. El compromiso para con la literatura de Vonnegut requiere de otra actitud, la que pasa por “anclarse” a su lectura y devorarla, a poder ser, de un tirón. Una docena de años más tarde, aún conservo el recuerdo de un texto preñado de indulgencia por parte de Vonnegut en relación al grueso de los miembros que conforman la genealogía familiar. Primos, hermanos, tíos, cuñados, suegros, padres, abuelos maternos y paternos, hijos biológicos o adoptados de Vonnegut asoman en las páginas de Salt en el temps, cuya edición al castellano en el haber de Malpaso haciendo hincapié en lo subversivo, el color de moda de distintos sellos de nuevo cuño (Capitán Swing, Sexto Piso, etc.) en otro periodo no menos convulso en lo social y en lo político otoño de 2015se ofrece bajo un nombre diferente, el de Cronomoto. Pero lo que sigue presidiendo la cubierta en uno y otro caso es el concepto de la esfera de un reloj “dislocada” o “fracturada”, jugando con la idea de que el tiempo se detiene. Curiosamente, idéntica noción se representa pero en el plano audiovisual en Madre noche (1996), la adaptación al celuloide de la novela homónima de Vonnegut donde él mismo representa a un peatón (cameo obliga) que aparece conforme a una especie de estatua en medio de una calle o avenida fuertemente transitada. A su coguionista Robert D. Weide y a su intérprete principal Nick Nolte se refiere en una de las páginas de una obra que, excusa decirse, despierta el hambre voraz de su lectura si previamente nos hemos familiarizado con su prosa, una forma de expresar las ideas sobre el papel que surgen al dictado de una mente abonada a cierta dispersión “controlada”, en esa contienda diaria que debió ser para él reformular pensamientos que quizás habían quedado superados en el pórtico del nuevo milenio. Así pues, el absurdo se apodera de determinadas páginas para luego ir alternando capítulos o fragmentos de los mismos en que saca brillo a un prosa que trata de auscultar la esencia del ser humano lleno de contradicciones cuando se razona sobre el sentido de la guerra o hace un somero repaso por la historia de los Estados Unidos a través de un anecdotario que refuerza si cabe aún más lo irreverente e impertinente en ocasiones de su discursos a los ojos de los celadores del tea party o, cuanto menos, de las capas más conservadoras del país. Un anecdotario que ya había acomodado en el espacio de las conferencias celebradas en multitud de universidades de los Estados Unidos, algunas de las cuales habían sido los principales feudos para la incipiente divulgación de la obra de Vonnegut verbigracia de novelas del alcance metafórico de Cuna de gato (1963) y Matadero Cinco (1969), por citar dos de los títulos contenidos en el catálogo de Anagrama en distintas colecciones. Longsellers que devienen la puerta de entrada al particular mundo creativo de Vonnegut para luego pasar a otro “estadio” de conocimiento, el que permite recrearnos (en modo empático) con algunas de las expresiones de Vonnegut que, a ratos, parecen hablar en boca de su alter ego literario, Kilgore Trout. No son pocas precisamente las páginas donde se recurre a Trout para lanzar al aire algún que otro concepto que nos invita a esbozar una sonrisa que acaba escondiendo una reflexión de hondo calado. 
   Al regresar otra vez sobre este texto (pero en su variante castellana), puedo calibrar con mayor tino el alcance de una propuesta que imprime carácter, el propio de un Vonnegut socarrón, irónico, perspicaz, decidido a salvaguardar las bondades de una estirpe familiar donde quedan convocados arquitectos, inventores, científicos y practicantes de oficios de muy distinto sesgo. Con todo, ninguno de los que ha pertenecido o perteneció a similar linaje ha obtenido u obtuvo la proyección internacional de Kurt Vonnegut, Jr, fruto de la cual se han sucedido traducciones a multitud de lenguas de sus obras más (re)conocidas y aquellas que destilan un aroma a despedida, a capitulación ejecutando un doble salto mortal en el tiempo. Uno realizado de espaldas a la realidad y el otro apegado a la misma cuando toca sacar polvo al álbum familiar estacionado en el baúl de los recuerdos.