jueves, 18 de diciembre de 2014

«LA VIDA SIN ARMADURA» de Alan Sillitoe: LA SOLEDAD DEL ESCRITOR DE FONDO

Tres de las personalidades que más admiro nacieron en 1928: el escritor Alan Sillitoe, en marzo; el científico James D. Watson, en abril y el cineasta Stanley Kubrick, en julio. Además, todos ellos tienen en común que ocuparon plaza, en alguna o diversas etapas de sus respectivas existencias, en Gran Bretaña y experimentarían el sentimiento de contabilizarse como extranjeros durante las ausencias de sus respectivas localidades o ciudades natales. De este trío de personalidades el único nativo de Gran Bretaña sería Sillitoe, territorio que pisarían los norteamericanos Watson y Kubrick con el fin de poner viento en popa a sus respectivas carreras profesionales. Justo en el periodo —concretamente, 1962— en que este último decidió fijar su residencia en Inglaterra, Sillitoe colocaría el cierre de sus vivencias en su autobiografía editada por primera vez en lengua castellana gracias a la pericia y el tino, una vez más, del sello Impedimenta. Precisamente, la industria cinematográfica de la que formaría parte Kubrick es el “personaje invitado” del relato existencial de Sillitoe en las últimas páginas de La vida sin armadura. Una autobiografía  (publicada en el Reino Unido en 1995), en razón de las adaptaciones a la gran pantalla de Sábado noche, y domingo por la mañana (1958) y La soledad del corredor de fondo (1960) —asimismo ambas editadas por Impedimenta hace pocos años, libradas por dos figuras clave del free cinema, esto es, Karel Reisz y Tony Richardson (otro de los nacidos en 1928). Sillitoe, perteneciente a una familia obrera de un suburbio de Nottingham, sufrió en sus propias carnes las embestidas de la Segunda Guerra Mundial, pasando a considerar en sus primeros estadíos vitales el cine conforme a uno de los principales refugios con el objetivo de ausentarse de esa lacerante realidad. Un refugio solo superado por su fiebre lectora, aquella destinada a abonar el terreno para la siembra de una incesante pulsión por escribir obras en prosa y poesía.
   A través de sus más de trescientas páginas Sillitoe pasa revista en La vida sin armadura a una historia personal que, a las primeras de cambio, parece mostrarse inmisericorde con la realidad de su propio entorno familiar. Así, en la primera página del libro el escritor inglés expresa sobre su progenitor que «Era corto de piernas y megacefálico, y lo cierto es que ni con millones de años y una máquina de escribir habría podido producir un soneto shakespeariano». Una sentencia que podría anticipar el tono a “tumba abierta” de un libro de memorias elaborado a partir de infinidad de notas tomadas desde bien temprano —en este aspecto se asemejaría sobremanera a su colega Vladimir Nabokov, el autor que Kubrick llevaría a sus dominios en aras a adaptar al celuloide la magistral Lolita (1955)—, en que sobrepasa con extraordinario margen el cupo de citas “recomendable” de títulos leídos a todas horas y en numerosos países. No obstante, lo que nos ofrece la presente obra es un relato que rebaja considerablemente las “expectativas” ofrecidas en su primer capítulo, dejando que por momentos su literatura cabalgue a los lomos del puro género de aventuras cuando oficia de radiotelegrafista, a sueldo de la RAF, en el continente asiático durante la Segunda Guerra Mundial, o en su periplo por la península ibérica durante la primera mitad de los años cincuenta. Tampoco escapa un tratamiento propio del drama —sin que la ironía y la socarronería le llegue a abandonar del todo— al calor de los episodios narrados sobre la tuberculosis sufrida, pasaporte a una vida “celestial” o un lastre físico (y psíquico) difícil de sobrellevar salvo si procurara un cambio de aires que le situaría en Mallorca durante varios años. Sóller sería el centro de operaciones balear de Sillitoe desde donde organizaba excursiones —favorecido por el clima Mediterráneo— ya sea a pie, en coche o en bicicleta, medio de transporte que le situaría a las faldas de la residencia de Robert Graves, el autor de Yo Claudio, de quien tomó cumplida nota de sus enseñanzas. Una sapiencia derivada del conocimiento personal que complementaría con un background de lecturas absolutamente descomunal, que apuntaba en distintas direcciones con el propósito que un hipotético eclectismo jugara a favor de su desarrollo y formación en calidad de escritor a la búsqueda de un estilo propio. Solo así Sillitoe entendía el arduo proceso para conquistar una meta. Una meta que parecía inalcanzable pero acabaría abriéndose su particular cielo al cumplir los treinta años habida cuenta de la publicación de Sábado por la noche, y domingo por la mañana y, a renglón seguido, La soledad del corredor de fondo, cuya génesis se reducía a la imagen ofrecida desde una ventana de un hombre que había visto correr. Algunos calibrarán que la treintena es una etapa óptima para debutar en el campo de la escritura de novelas o de relatos cortos, pero desde el prisma de alguien que llevaba una docena de años enviando manuscritos a numerosas editoriales y periódicos con un porcentaje muy elevado de respuestas negativas, la desesperación hubiera podido ser la antesala al abandono de dicha actividad. Sillitoe no cejaría en su empeño, desprovisto de una armadura que equivale, entre otros asuntos, a una posición económica holgada. Más que un colchón, hasta que no llegó el éxito de Saturday Night, Sunday Morning —adaptación cinematográfica incluida—, Sillitoe contaría con una sábana para poder soportar una eventual caída. Un sustento frágil que provenía, en buena medida, de una pensión consignada por el estado británico debido a la tuberculosis sufrida durante su estancia en el sudeste asiático (con un episodio que podría ser una “versión malaya” de Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay, en virtud de la desaparición de seis soldados en una zona elevada por espacio de una semana). Cuando este sustento estuvo a punto de esfumarse, Sillitoe abandonaría el terreno de la precariedad, saliendo a flote merced a ese Sábado noche, domingo por la mañana, relfejo de una realidad que conocía de primera mano con influencias de su admirado D. H. Lawrence y de una relación impresionante de obras literarias que devoraría con idéntica pasión a la que se encomendaría para el ejercicio de la escritura, la única manera que conocía para mitigar un dolor proveniente de las cavernas de su memoria, allí donde la batalla se libraba en su propio hogar. A partir de entonces, su hogar sería el mundo y su patrimonio la literatura universal. 

martes, 9 de diciembre de 2014

«LAS DOS SEÑORAS GRENVILLE» de DOMINICK DUNNE: ¿EL CASO DE LA VIUDA NEGRA?

En uno de los capítulos de Plegarias atendidas (1987), obra de Truman Capote (1924-1984) publicada a título póstumo, su autor no duda en colocar el dedo acusador sobre Ann Hopkins, la mujer a la que otorga toda la responsabilidad del asesinato de su marido William Woodward Jr., representante de la alta sociedad neoyorquina. Dicho homicidio ocurrió a mediados los años cincuenta cuando Capote ya frecuentaba los ambientes selectos de la Ciudad de los Rascacielos, dejándose ver en fiestas, celebraciones y actos privados programados por las elites neoyorquinas. Un par de años antes de la publicación de Plegarias atendidas, un coetáneo de Capote, Dominick Dunne (1925-2009) había arbolado su segunda novela, Las dos señoras Grenville (1985), a partir del relato vital del alter ego de Ann Hopkins, Ann Woodward, cuya tragedia empezaría el mismo día que presuntamente disparó a su marido al confundirlo con un intruso, en un caso parejo al sustanciado en los tribunales estos últimos años en relación al atleta sudafricano Oscar Pistorius y su mujer.
    No cabe duda que los treinta años transcurridos desde que Dunne reprodujo en las páginas de "Vanity Fair" sus impresiones sobre el caso Woodward y la publicación novelada de la existencia de Arden en Las dos señoras Grenville marcaría su hipotética “rivalidad” con los textos escritos por Capote, notario de esa sociedad acomodada a la que no escatimaría lanzar envenenados dardos en el centro de las dianas de algunos de sus miembros, entre ellos Ann Woodward, fiel exponente de mujer arribista nacida en un ambiente con escasos recursos económicos. El origen humilde de Arden ejercería un severo contraste con la realidad de una vida de lujo servida de la mano del potentado Woodward Jr. Evidentemente, este último espacio es el que merece captar la atención de Dunne en Las dos señoras Grenville con arreglo a perseguir un dibujo lo más certero posible sobre una mujer y su entorno, víctima de una codicia desbocada. Desde las trincheras del periodismo él conoció el relato de esa caída en desgracia de Mrs. Arden pero, al cabo, cabía orientar la historia hacia los confines de la literatura, en su caso alta literatura, en virtud de un material perfectamente asimilable a la obra de F. Scott Fitzgerald y a la del propio Capote. 
    Por primera vez en nuestro país se atiende a la edición de una de las obras pergeñadas por Dunne, en concreto Las dos señoras Grenville, y lo hace de la mano del sello Libros del Asteroide, fiel a la necesidad de ir dotando de una polifonía de voces autorales ―de muy distintos espacios georgráficos― un catálogo que excede de largo los ciento treinta títulos en sus siete años de existencia. Al amparo de una impecable traducción a cargo de Eva Miller, la lectura de Las dos señoras Grenville se hace especialmente gratificante, en su necesidad de construir un relato que, pese a la entrada y salida de numerosos personajes secundarios, nunca pierde la cara al sentido de que Anne Grenville tenga una presencia troncal. Cierto que Dunne hubiera podido prescindir de algunos pasajes que parecen meros subrayados con el fin de crear un discurso narrativo sólido, pero en su conjunto The Two Mrs. Grenville evidencia su extraordinario dominio de una prosa en cuyo centro de gravedad se sitúa la exquisitez en la descripción de ambientes sojuzgados por la púrpura del poder que confiere saberse rodeado de millonarios dispuestos a dejarse una ínfima parte de sus fortunas en casinos o prestándolas a un tercero para una causa “noble”.  Páginas que se van deslizando por nuestros dedos con un diáfano pronunciamiento de asistir a un curso de una literatura que parece haber prescrito, más propia de haberse situado en el tiempo justo pocas fechas después de la muerte de Woodward (en la novela Billy Grenville) y, por consiguiente, susceptible de que hubiera sido adaptada al celuloide, en primer término, por Joseph L. Mankiewicz. No demasiados cineastas como él hubieran sabido extraer con minuciosa precisión los detalles que se esconden en los pliegues de esta obra que pone al descubierto el gran talento literario de Dunne, otrora cronista de un universo que coparía las páginas de sociedad de la segunda y tercera parte del siglo XX. Allí donde un personaje de las hechuras de Ann Grenville tuvo cabida, siendo su suicidio un acto asistido por su mala conciencia, entre otras, debido a su condición de bígama. Esa condesa descalza abrigaría la necesidad de reinventarse fuera de la sombra protectora de su segundo marido, reservando las últimas páginas del libro a la descripción de una lánguida decadencia donde no faltan referencias a personalidades de nuestro país, como Salvador Dalí, e incluso de un dibujante llamado Alejo Vidal-Cuadras, que dista de la figura de ese europarlamentario de idéntico nombre y apellido compuesto, cuya mirada aviesa parece esconderse tras una capa. Curiosidades al margen, la edición de Las dos señoras Grenville sirve para reivindicar la figura en calidad de prosista de Dominick Dunne –padre del actor Griffin Dunne— y, por encima de todo, el buen gusto literario al calor del retrato de una época y de unos personajes de los que parecían ser cautivos casi en exclusiva de Fitzgerald y Capote.      

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA CONCIENCIA ECOLÓGICA DEL PLANETA TIERRA: LA MÁS SALUDABLE REIVINDICACIÓN IDENTITARIA

Hace unos meses mi mujer Esther y un servidor íbamos en automóvil por las calles de una localidad próxima al área metropolitana de Barcelona. Desde la distancia observé un rostro “familiar” (por sus apariciones televisivas), el de Joan Tardà, ofreciendo un mítin en una plaza del municipio barcelonés. Disponíamos de un cierto margen de tiempo, así que decidimos apearnos del coche y escucharlo en una plaza pública. Al final de su intervención, el público asistente no superior a las cuarenta personas, incluida la representación local de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)  iba realizando una serie de preguntas a Joan Tardà. Entonces, decidí levantar la mano y más que una pregunta en concreto le hice una exposición personal de cómo veía el horizonte de la consulta electoral del 9 de noviembre. Básicamente, esgrimí el error de estrategia que suponía celebrar una consulta aún a sabiendas del muro de la negación que colocaría el partido en el gobierno del estado español, esto es, el Partido Popular (PP). Además, la cercanía con el referéndum de Escocia, que tenía todos los visos de perder (como así fue, aunque con un resultado más ajustado de lo que vaticinaban los sondeos encargados por el gobierno de David Cameron), podría tener una cierta incidencia en el ánimo del electorado, calando en un porcentaje de la población que pasaría a desmovilizarse. Razoné que la mejor solución sería plantear una consulta cuando los vientos fueran más favorables, ya con el PP despojado de la mayoría absoluta que había obtenido a finales de 2011, y en serias dificultados de gobernar si no llegara a acuerdos con otros partidos del arco parlamentario. En ese nuevo escenario, la entrada de Podemos, aventuré, sería clave, dando la ecuación resultante de los comicios de 2015 un número de partidos que, a buen seguro, variarían 180 º la estrategia del inmovilismo practicada por la Administración Mariano Rajoy. Tardà escuchó con atención y, en cierta manera, entendió el fondo del mensaje lanzado por un humilde ciudadano que trata de razonar por sí mismo. A partir de este punto, mantuvimos un intercambio de opiniones hasta llegar a la conclusión de un acto que supuso para Tardà tomar la temperatura de los habitantes de una población integrada en lo que, a efectos de política catalana, se denomina del "Cinturón Rojo del socialismo" y, por consiguiente, un territorio dónde el sentimiento independentista no ha calado con la fuerza e intensidad de otros rincones de Catalunya. Casi seis meses después de aquel encuentro, huelga decir que el tiempo me ha dado, en cierta medida, la razón. El CIS acaba de publicar una encuesta que sitúa a Podemos como primera fuerza en intención de voto de cara a las presumibles elecciones de otoño de 2015. Los diversos recursos presentados por el PP al Tribunal Constitucional han llevado a la Administración Artur Mas a rebajar las expectativas de la consulta, colocándola al nivel de una participación ciudadana de aires festivos-reivindicativos, algo similar a lo se podría visualizar en la Diada de Catalunya de este mismo año, pero en lugar de ocupar el ancho de las principales arterias de las zonas metropolitanas o urbanas, los colegios e institutos concentrarán al mayor número de personas posible.
Cuando visualizo ese escenario de personas que proclama el deseo (muy legítimo, por otra parte) del derecho a decidir sobre una hipotética soberanía, una emancipación del “todo-poderoso-estado-español” encuentro refugio en mis propios pensamientos, aquellos capaces de abstraerse de una mera cuestión identitaria y advertir que el verdadero peligro que se avecina (no más allá de unas décadas) responde a parámetros ecológicos, a la inviabilidad de un planeta tierra que en los años cincuenta tenía una población de 2.000 millones de habitantes y a principios del siglo XXI superamos con creces los 7.000 millones. Con una sencilla regla de tres podemos llegar a la conclusión que el consumo se ha disparado, menguando los recursos naturales de manera alarmante. Los políticos de nuestro país, sean catalanes, manchegos, canarios o vascos, parecen guiados en su mayoría por una visión cortoplazista, en que los indicadores que la ciudadanía debe advertir tienen un sesgo económico. Un discurso que para un servidor va perdiendo fuelle frente a la realidad de un planeta tierra que lleva tiempo dando síntomas de una mala salud. Los últimos informes sobre el deshielo de los casquetes polares ha encendido las alarmas, pero los políticos siguen instalados en esa lucha de banderas, de defensa a ultranza de unos sentimientos patrios. Un juego de niños, a mi entender, en relación al futuro que deparará a las nuevas generaciones si seguimos exprimiendo a nuestro planeta hasta el límite. Más que en ningún otro momento de la historia, los políticos deberían centrar sus esfuerzos adoptando medidas en la dirección de evitar un desastre ecológico. Llegado a este punto quizás sea el momento por parte de los habitantes del planeta de la necesidad que en la escala de valores de cada uno de nosotros prime un sentimiento de arraigo y estima al planeta que nos provee de los recursos necesarios para vivir (a fecha de hoy, algo que no se da en ningún otro punto de nuestra galaxia, al menos hasta lo que conocemos), sin necesidad de reparar en el color de la tierra donde nos ha tocado instalarnos.      

lunes, 8 de septiembre de 2014

A PROPÓSITO DE UN NUEVO LIBRO, «JERRY GOLDSMITH: LA MÚSICA DE UN CAMALEÓN»

Llega un punto de nuestras trayectorias personales que los proyectos que aún no han encontrado salida se acumulan y tienen visos de perpetuarse. A finales del año pasado empecé a barruntar la posibilidad de escribir un libro sobre la obra de Jerry Goldsmith (1929-2004), que había acariciado años atrás pero que acabarían pasando por delante otros proyectos. Pero no quería realizar una monografía exclusiva para fans, sino que el empeño iba más allá, en el sentido que Jerry Goldsmith revolucionaría el mundo de las bandas sonoras, contribuiría sobremanera a cambiar el concepto de la música de cine entendido hasta bien entrada la década de los cincuenta con un sentido funcional sin apenas incidencia en la dimensión emocional de los personajes que concurrían en una determinada cinta. No era un tema baladí que se despachara a golpe de reseguir una línea de puntos que definieran un estilo, una forma de encarar un ejercicio profesional en el campo audiovisual que duró casi cincuenta años. Cuando planteas un libro de estas características te enfrentas a la obra de un auténtico titán cuya mente trabajaría sin descanso, en una muestra más que evidente de ese genio cuya inspiración le pilla en la mesa de trabajo y no de vacaciones. Goldsmith compuso más de ciento sesenta bandas sonoras, descontadas una docena que acabarían durmiendo el sueño de los justos verbigracia de ser rechazadas por productores y directores de turno.  
   Al encarar la recta final del libro sobre Jerry Goldsmith no puedo por menos que ratificar y, si acaso ampliar, mi admiración por una obra musical que destaca por su tremenda versatilidad, quizás como ningún otro compositor de su tiempo y de generaciones posteriores haya podido llevar a cabo. Un talento natural que tuvo en una formación de primera, sustentada en el “trípode” Jakob Gimpel/Mario Castellnuovo-Tedesco/Miklós Rózsa —todos ellos de origen europeo—  la clave para entender su apabullante dominio de cada uno de los resortes que implican y comprometen a la tarea de compositor, sin que ningún género se le resistiera. Está siendo un viaje por el conocimiento de la música de Goldsmith apasionante, en que para ello ha sido fundamental la implicación en el proyecto de Jaume Carreras, coautor de la monografía. Ambos fijamos un objetivo y lo estamos desarrollando conforme a lo previsto: por encima de todo, Jerry Goldsmith debería ser considerado uno de los grandes músicos del siglo XX, con independencia de haber militado en el cinematógrafo durante su segunda mitad y en el arranque del siglo en el que nos encontramos. Él reformuló la música de Alban Berg, Igor Stravinsky, Dimitri Schostakovich o Béla Bártok en el espacio del cine, dotándolo de un sentido, de un efecto que tan solo unos pocos se habían atrevido a explorar, caso de Bernard Herrmann, Leonard Rosenman o Alex North. Allí donde se desnuda el alma humana a través de las emociones que la música sabe y puede expresar.
   Una vez más, cumplo uno de mis sueños. Para ello han debido pasar unos cuantos años, imprescindibles para dotar de perspectiva histórica una obra, la de Goldsmith, que no tiene parangón en el cine norteamericano. Así, diez años después de su muerte rendimos honores a la impresionante figura creativa de Jerry Goldsmith merced a una monografía a publicar por T&B Editores que esperemos sea de referencia para todos los amantes de la música de cine y, en general concebida en la pasada centuria, "el siglo de las luces" por lo que atañe a compositores que se dedicaron en cuerpo y alma a un medio que requería de un cambio de orientación cara a no incurrir en repetir las mismas dinámicas que se habían configurado con el advenimiento del sonoro. A fuer de ser sinceros, ha supuesto un esfuerzo considerable en el plano intelectual, pero creo que está valiendo la pena. El resultado de todo ello, a partir de noviembre del año en curso.

ANTONIO DOMÍNGUEZ: LIKE A HURRICANE. CARTA A UN AMIGO.

Hubo un tiempo en que la música de cine ocupó un puesto preferente entre mis aficiones. Existía una voluntad compulsiva por el descubrimiento de autores musicales que dieran sentido a una afición que trataba de satisfacer los dos hemisferios cerebrales de un servidor. En aquellos años, a principios de los noventa, la cita semanal con las tiendas de discos era prácticamente “obligatoria” para luego proceder a escuchas que se dejaban acompañar de una buena lectura. Llegué a conocer a un grupo de personas que compartían idéntica pasión, pero que por distintas razones iría perdiendo contacto con cada uno de ellos. De algunos he vuelto a saber a través de las mal denominadas redes sociales; de otros solo permanece el recuerdo, y de los menos se produce un olvido llamativo. Pero si tuviera que citar a una sola persona por la impronta que me dejó entre las muchas que conocí por aquel entonces vinculadas a la música de cine éste, sin duda, sería Antonio Domínguez. Nunca olvidaré ese viaje realizado desde Barcelona a Sevilla en automóvil con escala en Valencia, allí donde se sumó a la “expedición” Antonio Domínguez López para ver y escuchar el concierto de Jerry Goldsmith en el Palacio de la Maestranza de Sevilla, en otoño de 1993. Aunque no pertenecemos a la misma generación, pronto sintonizamos. Me gustó su franqueza, su sentido del compromiso y de la lealtad, su actitud crítica para con el stablishment y por encima de todas las cosas, ese amor desbocado por la defensa de la obra de los creadores, aquellos capaces de embellecer la palabra cultura. Esa misma lealtad que le ha mantenido al lado de su esposa Vicen a la que tuve el placer de conocer en aquel periodo, además de sus dos hijas, hoy en día madres que han convertido a Antonio en un abuelo henchido de orgullo. Y esa es una de sus principales dichas, la de un self made man que luchó contra viento y marea para conseguir celebrar un Congreso de Música de Cine dentro de la Mostra de Valencia. Mario Nascimbene, Carlo Savina, Carlo Rustichelli, Lalo Schifrin, Wojciech Kilar y tantos otros acudieron a la llamada de Antonio y su equipo para que participaran de lo que años atrás hubiera sido una entelequia, en que los defensores de la música de cine parecían predicar en el desierto.
   Editor, escritor, librepensador, emprendedor, divulgador cultural... Antonio Domínguez sigue siendo una de esas personas a las que no deja indiferente a nadie. Desde que entré en contacto con él he tenido el convencimiento que si este país tuviera muchas personas de su arrojo, otro gallo nos cantaría. He admirado esa forma de proceder, lejos de amilanarse frente a las adversidades o los contratiempos. Debido a la distancia física que nos separa, esa relación de amistad no ha podido ser más intensa, pero no por ello he dejado de seguir su actividad de un tiempo a esta parte. Su descabalgamiento del partido en el que llegaría a militar, UPyD (Unión del Pueblo y Democracia) no es más que una muestra palmaria de su carácter indomable e insobornable. Él, como un servidor, ha depositado sus esperanzas en el partido Podemos. Un soplo de aire fresco en el contexto de una política que lleva décadas arrastrando asuntos de corrupción sin que pueda ponerse a freno de una manera definitiva. Ese debate encendido en las redes, en que Antonio ha hecho una loable defensa de la formación política de nuevo cuño, me ha devuelto el recuerdo de aquellas conversaciones sobre política y políticos, en uno de los feudos por excelencia de la corrupción y/o del mangoneo, esto es, Valencia. Esa comunidad que vio nacer a una persona que sigo deseándole lo mejor, en una muestra de amistad que por muchos años que pasen estará allí, de manera permanente. Un hombre sin pasado no puede construir un gran futuro. Su pasado está sembrado de auténticos retos profesionales que, en una considerable proporción, llevaría a puerto. Seguro que ese futuro le aguardan cosas maravillosas a un bregador nato, un trabajador estajanovista —al respecto, su enciclopedia europea de cine en soporte originalmente en CD-Rom es una auténtica proeza y un ser que sabe contagiar el amor por la cultura, con especial devoción por la música y el cine proveniente de Italia

martes, 29 de julio de 2014

ARA SÍ TOCA. EL «CASO PUJOL»: SECRETOS Y MENTIRAS EN EL «OASIS CATALÁN»

Al calor de las noticias surgidas en los últimos días, buceando en la memoria sobre la primera imagen mental que conservo de Jordi Pujol i Soley (n. 1933) es la de un dibujo que realicé con diez u once años. En el mismo aparece, a toda página, Jordi Pujol vestido de Sancho Panza, a los lomos de un burro, y Josep Tarradellas ataviado con el traje de Don Quijote, tratando de fijar la posición de un equino. Desconozco si ese dibujo fue producto de la imaginación o simplemente me serví del modelo de una publicación en papel. En cualquier caso, ambos llegarían a compartir una idea similar de país y ocuparon, de manera sucesiva, el puesto de President de la Generalitat de Catalunya. A finales de una década que dejaría atrás por fortuna una época de oscuridad en la Tierra Media del estado español sometida a una Guerra Civil y la posterior etapa franquista, Jordi Pujol i Soley accedería al Trono de la Generalitat para quedarse por espacio de veintitrés años. Durante ese periodo no tan solo Jordi Pujol era el personaje de largo más popular de Catalunya sino que llegó a convertirse en una presencia diaria en los Telenotícies y, en general, en los medios de comunicación. Recuerdo que hacía broma al respecto, diciendo que en el estudio de TV3 donde se emitía el Telenoticies debían tener el retrato colgado de Jordi Pujol y, en un momento dado, la cámara enfocaba la imagen del "Molt Honorable". Para medir el alcance del conocimiento que podría tener la gente de Catalunya sobre Jordi Pujol el anecdotario nos ofrece una “foto” instantánea plenamente ilustrativa al respecto, más allá de lo que se relata en las notas biográficas publicadas en un sinfín de sitios, incluido la wikipedia. Catalunya tiene censados casi mil municipios. Pues bien, el ex President de la Generalitat presumía de haber estado en todos estos municipios, con alguna que otra salvedad presta a ser corregida. Además, Pujol se dejaba “querer” en los pueblos, hablando de manera distendida con sus habitantes y preocupándose por cuestiones que podrían evaluarse “menores” a los ojos de un político residente en una gran urbe. Sí, para muchos Pujol era Dios bajado a la tierra prometida en cuyo horizonte muchos querían ver y siguen viendo una idea de país emancipado del todopoderoso estado español. No lo sería para un servidor, manteniéndome durante todo este tiempo receloso sobre un personaje que parecía situarse por encima del Bien y del Mal, llegando a hacer célebre una frase, «Ara no toca», a partir del instante que un periodista le debió importunar con alguna pregunta fuera de la agenda de ese día. Calibré que ese era el típico gesto altivo de alguien que se siente legitimado por la púrpura del Poder, ejerciendo el «ordeno y mando» con firmeza. Pero no es menos cierto que en su última legistatura, desde sus propias filas de Convergència (el partido que cofundaría) i Unió se dejaron sentir las voces que abogaban por un relevo generacional. En el banquillo de CIU dos nombres se postularían con fuerza para sustituirlo: Josep Antoni Durán i Lleida, y Artur Mas. Finalmente, Artur Mas tomaría el mando de la dirección de CIU y después del experimento que supuso el tripartito (ERC + PSC + IC, una ecuación difícil de digerir), el delfín de Pujol ganaría la plaza de President de la Generalitat en 2010. Por aquel entonces, Jordi Pujol parecía pasar a la Historia de Catalunya conforme a una figura incuestionable, un referente inexcusable y un luchador por una patria que algunos empezaban a acariciar con la mirada puesta en la asunción de una serie de competencias en distintas materias, es decir, una mayor cuota de antonomía que diera alas a un anhelado estado independentista. En su calidad de pensador, estadista y hombre de estado, Jordi Pujol se plegaría a escribir por entregas sus memorias, eso sí, convenientemente pasadas por la destilería cuando tocaba evaluar los negocios familiares, excepción hecha del capítulo dedicado a su padre Florenci Pujol, perteneciente a la burguesía e impulsor de Banca Catalana, que generaría un proceso judicial cuando se liquidaría la sociedad, convenientemente tapado por espúreos intereses. Al margen de borrar cualquier sombra de duda en torno a la presunta gestión fraudulenta del caso Banca Catalana que le llegaría a colocar en el ojo del huracán en un determinado punto del proceso judicial, muy pocos repararon en el momento de la salida al mercado de las publicaciones de estos volúmenes las lagunas referidas a los negocios familiares gestados y consolidados durante el largo mandato del patriarca Pujol. Una de estas voces disidentes con el relato vital y profesional oficial de Jordi Pujol i Soley se llama Albert Boadella, fundador y director de Els Joglars. Él había sido vetado por diversos medios catalanes, al parecer, porque dijo verdades difíciles de escuchar en tiempos del pujolismo, y su representación sobre los escenarios de Ubú President, provocaría un terremoto de baja intensidad entre la clase política afín al ideario de Convergència i Unió. No obstante, el terremoto que sí haría trontollar (tambalear) los cimientos de CIU se produjo el pasado 25 de julio de 2014 cuando Jordi Pujol daba a conocer a la prensa un escrito de un folio que trata de exculpar a su familia sobre el asunto de una presunta herencia de su padre no regularizada durante más de treinta años. En ese paraíso fiscal andorrano, al parecer, Jordi Pujol guarda un tesoro que se ha transformado en una bomba con efectos retardados. Una bomba que después de tres décadas seguía intacta y ha acabado explosionando en las manos de Jordi Pujol i Soley. Prisionero de sus asesores durante tres días para consensuar una estrategia, Artur Mas comparecería ante la prensa para adoptar una serie de medidas, previo acuerdo con el Consell Directiu del Govern, que pasaban por eliminar una serie de privilegios heredados por Pujol en función de su cargo de President de la Generalitat y, de paso, lanzar el mensaje que la consulta del 9 de noviembre cara al independentismo seguía su curso sin alteración alguna, argumentando que «el país está por encima de las personas. Y así debe ser». Según sus propias palabras, Mas sentía dolor, pena y compasión por Jordi Pujol, reduciendo el asunto a un tema personal y familiar. Cuando la oposición reclama una Comisión de Investigación para esclarecer el «caso Pujol», CIU y su socio de gobierno en la sombra, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) con Oriol Junqueras al frente, niegan la mayor. Ni tan siquiera CIU expresa su voluntad porque Jordi Pujol se explique en el Parlament ante unos hechos de una gravedad que no admite disculpas. Al escuchar las respuestas de Mas y la posición adoptada por CIU y ERC para evitar llegar al fondo del asunto conforme a un acto de higiene democrática (saben que la vía judicial puede eternizarse y así ganar tiempo cara a las metas fijadas), siento vergüenza de estos políticos incapaces de leer lo que el sentido común pide y exige. De aquí hasta principios de noviembre nos aguarda un vendaval de noticias referidas al clan Pujol, refrendando lo que en su día dijo Albert Boadella: «son como una familia siciliana, próxima a los Corleone». Mas ha acabado transformándose en ese personaje cervantino que lucha contra los Molinos de Viento en forma del estado español que representa la culpa de todos los males de la nació catalana. Y a su lado le acompañará para siempre ese Sancho Panza que dibujé en mi infancia, el de un ser afectado de una arrogancia mórbida, esposo de Marta Ferrusola (su apariencia de ama de casa volcada en la jardinería contrasta con su pérfida imagen reproducida por la mujer despechada, Victoria Álvarez, la ex del primogénito y pieza clave a la hora de destapar las corruptelas de la Sociedad Ilimitada de los Pujol) y padre de familia de siete hijos, buena parte de los cuales deberían ser perseguidos por la justicia hasta acabar en el precipicio. Otro precipicio nos aguarda si seguimos creyendo que esos "salvadores de la patria", ahora instalados en el poder (CIU) o en la antesala de poder (ERC), nos guían hacia su particular Shangri-La por el camino del independentismo. Los mismos que hacen caso omiso a un pueblo que exige luz y taquígrafos sobre un caso, el que incrimina a Jordi Pujol y el de su prole que, a efectos monetarios (por ejemplo, para blanquear tres mil millones de dólares en activos mobiliarios se requiere una lavadora del tamaño de un edificio de varias plantas), deja en un juego de niños el «caso Bárcenas». Limosna la que atesora el ínclito ex tesorero del PP en manos de esos sinvengüenzas llamados Oriol, Oleguer i Jordi (noms ben catalans, sí senyor) que lucían no hace demasiado tiempo con orgullo los apellidos Pujol i Ferrusola.   

miércoles, 16 de julio de 2014

«HISTORIA Y DESVENTURAS DEL DESCONOCIDO SOLDADO SCHLUMP» (1928) de HANS HERBERT GRIMM. UN RELATO DE «TERROR» DESDE LAS TRINCHERAS

En un margen de poco más de dos meses de diferencia la ciudad de Praga —perteneciente a la región de Bohemia, inscrita en el Imperio Austrohúngaro— vio nacer a Franz Kafka (1883-1924) y a Jaroslav Hasek (1883-1923). Ambos acabarían convirtiéndose en escritores de renombre internacional, siendo sus trabajos más destacados materia de obligado cumplimiento en el programa escolar de los estudiantes checo(eslovacos) preferentemente después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Hasek, a buen seguro, sea el menos conocido de los dos, pero El buen soldado Svejk (1920-1923) (editada en lengua castellana en 2010 en DeBolsillo) sigue siendo considerada una novela de referencia dentro de las obras literarias ambientadas en el campo de batalla durante la Gran Guerra. Lo sería desde una vertiente satírica-picaresca que entronca con la tradición de algunos clásicos británicos del estilo de Las aventuras de Barry Lyndon (1844) de William Makepeace Thackeray o Tom Jones (1749) de Henry Fielding. Desde su propia experiencia, Hasek expresaría en una serie de relatos por entregas —siguiendo idéntica fórmula empleada por Thackeray, Fielding y tantos otros autores provenientes de las Islas Británicas— una mirada acaso desprejuiciada sobre la sinrazón de los conflictos bélicos a través de un díscolo personaje que aparece en el título de su relato más célebre. Por su parte, Franz Kafka, debido a su frágil salud, quedó exento de participar en la contienda bélica. Los destellos del genio de Kafka ya se advertían en sus escritos seminales, siendo Kurt Wolff (1887-1963) el editor que sacaría a la luz los relatos del que luego ganaría a la celebridad gracias a El proceso (1925). El mismo Wolff se responsabilizaría de publicar Schlump (1928), cuya narración se solapa en algunos pasajes con El buen soldado Svejk, y que tenía todas las prerrogativas para acabar siendo saludada conforme a una de las novelas antibelicistas por excelencia aparecidas en el primer tercio del siglo XX.  La dicha del autor del relato, Hans Herbert Grimm (1896-1950), pronto se transformaría en desdicha cuando el nacionalsocialismo llegaría al poder en 1933. Un lustro no representaría, por tanto, tiempo suficiente para que la novela se diera a conocer ampliamente entre la población germana. Schlump sería, pues, pasto de las llamas, en lo que podríamos “visualizar” una situación análoga a lo expresada en la novela de anticipación Fahrenheit 451 (1955), de Ray Bradbury, traducida en la gran pantalla de manera magistral por François Truffaut. Al igual que el bombero Montag (Oskar Werner), Grimm escondería un ejemplar de Schlump en su propia casa, pero en su caso en el hueco de una pared que tapiaría convenientemente. Ese operativo comportaría que Schlump pudiera “sobrevivir” a una cruda realidad, en sintonía con lo que ocurre al ingenuo soldado alemán enrolado en el ejército de su país a los diecisiete años. Toda vez que se dio por cerrado un nuevo capítulo (sangriento) de la Historia de la primera mitad del siglo XX en agosto de 1945, Grimm retomaría su condición de profesor, pero las autoridades de Alemania Oriental le vetaron seguir impartiendo clases. Posiblemente ese fuera el detonante de su suicidio acaecido a pocos meses de cumplirse el ecuador de la centuria, sin obviar el sentimiento de frustración que le generaba la problemática referida al ostracismo de Schlump. Solo el paso del tiempo corregiría tamaña anomalía merced a la perseverancia de Völker Weidermann por rescatar del olvido obras destruidas por los nazis. De ahí que ochenta años después de su primera publicación, Schlump regresara a la luz con los honores que se merecía, en lo que convendríamos en señalar un tributo a título póstumo de su autor.
    El sello Impedimenta no tan sólo se alimenta de su vena anglófila. Prueba de ello es que, por ejemplo, la literatura alemana vuelve al excelso catálogo de la editorial madrileña con la publicación de Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump (2014), en que el lector puede advertir lo justificado de una decisión nada baladí. A través de sus doscientas setenta y cinco páginas (descontado un prólogo clarificador escrito por el propio Weidermann), Schlump cubre sobradamente las expectativas que me había generado al conocer la noticia de su publicación. Al ir pasando las primeras páginas del libro, Shlump advierte en mi fuero interno que hubiera podido ser un material que ganara a la influencia de escritores como Joseph Heller y Kurt Vonnegut para armar Trampa 22 (1962) y Matadero Cinco o la cruzada de los niños (1969), respectivamente. Evidentemente, ese escenario no resultaría posible, pero en mi apreciación personal considero que Schlump se alinea a la perfección en esa dialéctica propia de Kessel y sobre todo de Vonnegut a la hora de plantear un relato desde la óptica de un mundo absurdo que tiene en la guerra la máxima expresión de semejante concepto. En modo alguno Schlump cae en las zanja de una escritura afinada en lo escabroso, lo tremendista; más bien asistimos a un ejercicio de prosa de la que podemos extraer la visión de un humanista, incapaz de comulgar con unos principios patrióticos que alientan al sacrificio del individuo como una pieza subsidiaria a la voz del pueblo. A partir de ahora pienso que deberíamos incluir Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump entre las obras antibelicistas de verdadero empaque. De esta forma, Hans Herbert Grimm, el autor de este cuento de “terror”, se uniría a los nombres de Stephen Crane (La roja insignia del valor), James Langdale Hodson (Return to the Wood), Erich Maria Remarque (Sin novedad en el frente) y el citado Hasek en sus respectivas prospecciones por la realidad de una Primera Guerra Mundial que el 28 de julio cumple el centenario de su proclamación, punto de partida de las aventuras y desventuras del desconocido soldado Schlump.     

martes, 8 de julio de 2014

PODEMOS, UNA CONCIENCIA EN FORMA DE PARTIDO (I)

Prácticamente desde el desmantelamiento de UCD (Unión de Centro Democrático), la Democracia española se ha asentado sobre la base del bipartidismo, el procurado por el PP (Partido Popular) y el PSOE (Partido Socialista Obrero Español). Los votos a sendos partidos han copado un porcentaje elevado de los que han participado de esta manifestación de la democracia por espacio de más de treinta años. Pero es una realidad en vías de sufrir un cambio de orientación harto significativo debido a una serie de factores del que no cabe excluir la incorporación de parte de esa población “silenciosa” incapaz de sintonizar con el programa de ningún partido, llevando a máximos esa expresión de real abolengo que «todos los políticos son iguales». Por consiguiente, desde los tiempos de Felipe González hemos asistido a participaciones del 50 al 65%, mereciendo muy poco análisis el porqué hasta un 50 % de la población no ha acudido a la cita con las urnas cada cuatro años. En noviembre de 2012 estuve en una mesa electoral de las municipales catalanas y me entretuve en las horas muertas las del mediodíaa tratar de buscar un perfil común entre los que no ejercían el derecho a voto. Al finalizar la maratoniana jornada llegué a la conclusión que no existe un perfil de “no votante”. Es por ello que el fenómeno de Podemos no puede analizarse exclusivamente en clave de un trasvase de votos de partidos “tradicionales” de la izquierda o del centro-izquierda, sino que debe observarse conforme a un movimiento aglutinador de un descontento social “transversal”, en el que se incorpora el voto de estudiantes universitarios pero también de ese sector receloso desde hace bastantes años de la clase política a la que ha negado con la participación en las elecciones la posibilidad de que en su nombre cometan toda clase de tropelías, corruptelas y demás hechos delictivos con la aquiescencia de un sistema sobreprotector (allí están los 10.000 aforados que tiene el país, un porcentaje considerable de los cuales pertenece a este colectivo) en torno a estas prácticas que erosionan la esencia misma de la Democracia.
   Una vez conocido el sorprendente éxito en las pasadas elecciones europeas de Podemos con un total de más de un millón doscientos mil votos, la campaña de desprestigio, el alud de acusaciones sobre los adalides del partido de nuevo cuño no han cesado. Intentan colocar el miedo en el cuerpo a través de una serie de ataques sin otro fundamento que la descalificación gratuita; hablan de una ideología de extrema izquierda, de importar un modelo de chavismo y de los vínculos con colectivos cercanos a ETA. Una cadena de palabras que, agitadas, parece ofrecer un cóctel difícil de digerir para aquellos instalados en la tradición de un sistema democrático que ha sido incapaz, por ejemplo, de poner coto a la corrupción política, al punto que tenemos en el gobierno del PP algunos dirigentes, incluido su presidente Mariano Rajoy, con una sombra de duda más que razonable de que ampararon prácticas irregulares de muy baja catadura moral y que incluso se llegaron a beneficiar de las mismas según las investigaciones judiciales aún en curso. Así lo denunciaría el partido en la oposición, el PSOE, que trata de rearmarse de cara a los próximos comicios electorales con la mirada puesta en el horizonte de finales de 2015. Paradojas de la vida, todos aquellos prestos a acusar desde las trincheras de la izquierda o del centro izquierda "tradicional" al partido liderado por el profesor de Ciencias Políticas Pablo Iglesias deberían, cuanto menos, reconocer que la irrupción de Podemos ha servido para espolear prácticas que demandaba el sentido común en Democracia, dando la opción que la ciudadanía conozca el parecer de distintos candidatos en un debate como el celebrado este lunes día 7 de julio, aunque de momento tan solo sea un simulacro. Asimismo de justicia es señalar el desempeño que UPyD a la hora de denunciar la corrupción política, personándose en la parte acusatoria de procesos abiertos, el más notorio de los cuales sigue siendo el caso Würtel. Pero UPyD ha visto cerrado de momento el cumplimiento de un nuevo techo electoral con la llegada de Podemos y con ello el nerviosismo se ha enquistado en su  líder Rosa Díez, con exabruptos del estilo de comparar a la formación abanderada por Pablo Iglesias con el Partido ultraderechista francés de Marie Le Pen. Una estrategia de descrédito que ha salido a Rosa Díez el tiro por la culata en ese fuego cruzado procedente de las trincheras de la izquierda y de la derecha que, lejos de dañar a Podemos refuerza su carácter de partido alternativo, al punto de que algunos sondeos lo destacan como tercero en la lista de los más votados en las próximas elecciones generales.
   Semanas atrás decidí votar a Podemos después de haber confiado sistemáticamente en el PSOE/PSC. Lo hice una vez di cumplida cuenta de la lectura de su programa electoral. Para mí Podemos más que un partido representa un estado de conciencia, el que ampara la legitimidad de un pueblo para hacer valer sus derechos, de no estar secuestrada por una clase política que sistemáticamente protege los intereses de una banca clave para entender el descalabro económico que ha padecido este país en los últimos añosy de unos grupos de poder financiero que acaparan gran parte de la fortuna del estado español, entre otros muchos otros temas que abordaré en un posterior post. Sin duda, la naturaleza humana comportará que, tarde o temprano, las discrepancias internas (máxime al tratarse de una formación que se rige por principios asamblearios; no en vano, uno de sus focos de alumbramiento fue el 15-M) afloren en el seno de Podemos, provocando disidencias, escisiones, etc. Pero solo el paso de los años calibrará la importancia de la entrada de Podemos en la esfera parlamentaria, agitando ese árbol que ya no daba más frutos que una desigualdad social cada vez más acentuada, un empobrecimiento de las clases medias, un sistema sanitario que camina hacia un concepto mixto entre lo público y lo privado, unas coberturas para los más desfavorecidos que ponen en tela de juicio el derecho irrenunciable de una vida digna para las personas en plural... Podemos puede representar una ventana a la esperanza para jóvenes y mayores en un mundo cada vez más desigual, en que comunismo, socialismo, liberalismo y conservadurismo han perdido buena parte de su sentido. En el mundo que nos ha tocado vivir, la defensa del interés de las personas con lo que ello comporta (educación, cultura, sanidad, etc.) pasa por delante de los intereses de esos grupos de poder incapaces de aplicar esos principios de solidaridad más que para sus familiares y la cuerda de influyentes personajes que han levantado imperios, en ocasiones, merced a la pura especulación. Y puestos a especular (en la otra acepción del término), prefiero hacerlo en el sentido de confiar en que mi voto para Podemos contribuirá a una regeneración democrática de nuestro país y quizás dentro de unos decenios podremos decir que la corrupción política, los desahucios y otras lacras que afectan a nuestra sociedad forman parte del pasado