viernes, 16 de mayo de 2008

EL «EFECTO EDWARDS»


Muchos dicen que lo que se asemeja más a una campaña electoral o a unas primarias estadounidenses es un puro espectáculo hollywoodiense. Pero para mí se trata más de un espectáculo de ilusionismo, al menos, por lo que compete al duelo que dirimen Barack Obama y Hillary Clinton por representar al partido Demócrata en la lucha por la presidencia de los Estados Unidos. Perdido el interés por una clase política española y/o (que escoja cada cual) catalana en la que los cabezas de cartel se disputan el voto por saberse quien es el más mediocre de entre los mediocres, me he entretenido en reseguir la campaña política en la que debe resultar escogido un candidado demócrata para pugnar con John McCain —del lado republicano— por la Casa Blanca. Confieso que hasta hace un par de días el tema no estaba claro: un día parecía perder fuelle Hillary Clinton pero al siguiente se recuperaba; otro pensaba que sería el predicador bonzo que había «adoctrinado» a Barack Obama el elemento que haría decantar el fiel de la balanza a favor de la ex primera dama, y así un sin vivir... Sin embargo, el ejercicio de ilusionismo estaba servido con la entrada en liza de un tercer actor en el que se presume el último acto antes de que caiga el telón de estas primarias. Su nombre, John Edwards, al que en los primeros actos de la función se le quitaba de escena, se le «asesinaba» políticamente por unos asuntos pueriles, tales como dejarse cortar su lacia cabellera por 500 $ de bellón en medio de jornadas maratonianas para convencer a los descreídos obreros que él era el mejor candidato. Pero para pasmo de muchos, Edwards vuelve a escena para abrazarse a Obama, lanzar un mensaje a la audiencia y sellar la derrota de Hillary Clinton. Y no hay más. Ha sido en ese instante que me dije: «ni el gran Houdini hubiera podido escenificar mejor el regreso al mundo de los vivos de un ser que se le había dado por desaparecido». Un número impecable en el que el prestigitador Obama, que parece levitar en el ambiente, da la bienvenida al ex senador de Carolina del Norte salido de la más absoluta oscuridad. Pero no se adivina rastro de pesar, de desánimo en Edwards, sino más bien de lozanía, de seguridad, de firmeza... Y además sabe transmitir su discurso, que ahora es el de Obama, como si lo hubiera mamado toda la eternidad. Lástima que se dejara alguna factura por ahí olvidada. Pero eso ya poco importa: los demócratas tienen uno de los tándems más rocosos de las últimas décadas, si me apuran, desde la era Kennedy, el ideario del cual se nutren tanto Obama como John Edwards, por otra parte con un carisma muy similar a Robert F. Kennedy. McCain y los suyos ya piensan en cómo dinamitar esa «roca» que se les ha puesto en el camino, el último escollo para llegar hasta la Casa Blanca. Mientras tanto, Hillary se debe consolar sabiendo que no tendrá que pisar más el despacho oval, de ingrato recuerdo. Si no que se lo pregunten a su marido, la principal fuente de finanzas para la carrera política de la ex senadora de Nueva York que ha tocado a su fin antes de lo previsto. El «efecto Edwards» ha sido la puntilla, el «golpe de gracia» definitivo.

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