miércoles, 25 de marzo de 2009

UNIVERSO BALLARDIANO

A raíz de los atentados del 11-S el Pentágono decidió crear una unidad de prevención de futuros ataques terroristas después de que las medidas adoptadas hasta entonces fallaran de forma estrepitosa, servicios de Inteligencia (sic) incluidos. Atendiendo a la tradición cinematográfica de los Estados Unidos no debió sorprender en demasía que la unidad de nuevo cuño reclutara a diversos guionistas y escritores de postín y que, en una especie de brain storming, empezaran a elucubrar sobre las formas más inverosímiles de acciones terroristas que se pudieran dar. De todos ellos, el más escuchado presumiblemente fuera Lawrence Wright, cuya historia que él mismo guionizó, The SiegeEstado de sitio (1998)— anticipaba, en parte, lo que ocurrió al estrellarse dos aviones con carga de pasajeros sobre las torres gemelas. Pero si hay algo que tienen en común los escritores de ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del presente es que aciertan menos en los pronósticos que ciertos «gurús» de la economía (algunos de ellos con cartera de ministro). Claro que este no es el objetivo final de los escritores en la materia, ya que la inspiración no siempre va o debe ir acompañada de certezas inviolables de lo que ocurrirá en los próximos decenios, centurias o milenios. De todas las novelas publicadas —se deben contar por miles en el caso de los Estados Unidos— tan sólo una acertó en describir lo que en la actualidad conocemos como internet, y la idea de la televisión de plasma, por citar un aparato asimismo de uso común hoy en día, únicamente había sido imaginado y transferido al papel por Ray Bradbury en su Fahrenheit 451 (1954) con varios lustros de antelación. Algunos años más joven que Bradbury, Jim Graham Ballard, de la relación de escritores y guionistas que han trascendido en la convocatoria del Pentágono, sería la ausencia más notable por cuanto ha sido el que ha dibujado un paisaje futurista más cercano a la realidad de nuestros días. El terrorismo se integra en este universo desolador que describe en sus últimas novelas —Milenio negro (2004), Bienvenidos a Metro-Centre (2008), ambas editadas por Minotauro—, pero no es sobre la base del conocimiento de datos que se barajan, al medio o largo plazo, relativos a la esperanza de vida o la superpoblación (el tema predilecto de otro peso pesado de la anticipación contemporánea: Harry Harrison) los que facultan al escritor británico para construir sus narraciones en tiempo presente o futuro; Ballard hace uso de su impresionante capacidad de observación para captar los movimientos de las placas tectónicas de nuestra sociedad pertrechada en un consumismo feroz y un individualismo que raya el paroxismo. Tarde o temprano, razona Ballard, esas placas colisionan y provocan movimientos sísmicos, algunos imperceptibles pero otros capaces de provocar auténticas fracturas en el orden moral y material. Leyendo a Ballard entenderemos de qué va este mundo, en una visión que está lejos de ser tachada de apocalíptica sino más bien de reproducir una realidad certera. La noticia reproducida en los medios de comunicación hace pocos días, en la que un grupo de trabajadores de una planta de la multinacional Sony en el sudoeste de Francia habían secuestrado a altos directivos de la corporación con la intención de reclamar mejoras salariales responde perfectamente a lo que podría leerse en una de las novelas creadas por Ballard, que convierte de la noche a la mañana empleados de la rama de la tecnología en secuestradores de sus propios jefes. Evaluados por la población con un punto o dos en la «escala Richter», es decir, que pasan de largo al oído y a la vista de los mortales, estos seísmos de baja intensidad son los que han ido ganando terreno para acabar conformando un paisaje típicamente ballardiano. Leer a Jim Graham Ballard representa, pues, a mi modesto entender, la guía más práctica y certera del usuario (ciudadano) para el nuevo milenio.

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