domingo, 30 de agosto de 2009

FINAL DE TRAYECTO: LIBRO DE NEIL YOUNG, EN OCTUBRE


Cuando en este mismo blog anunciaba en mayo el inicio de la escritura de un libro sobre Neil Young quizás no había medido el alcance de su obra. Pero al cabo de cuatro meses, creo que, aún siendo brutal la misma, ha merecido la pena. Digamos que, a veces podemos tener una visión de conjunto sobre la labor llevada a cabo por un artista y, al cabo de revisar su obra detenidamente, escudriñando en cada detalle, la historia puede cambiar para bien... o para mal. Con toda la honestidad posible, esa incertidumbre ha quedado plenamente despejada porque más que nunca considero a Neil Young uno de los mayores talentos de la historia del rock, una etiqueta que podemos dar por válida para englobar la música popular realizada a partir de mediados los años cincuenta hasta la fecha. El planteamiento inicial del libro se ha cumplido en el orden siguiente: introducción, parte biográfica, análisis de la discografía de Buffalo Springfield (aquí me he extendido más de lo imaginado porque, a pesar de haber alumbrado tan sólo tres discos, existe toda una historia detrás de cada uno de estos LP’s); análisis de los discos en comunión con Crosby, Stills y Nash; el core de la obra, el análisis de su discografía en solitario (o con Crazy Horse, Booker T. Jones o Stray Gators, entre otros) con una media de cuatro páginas por disco; comentarios de los films documentales o de ficción, el top 100 de las mejores canciones (traducidas al castellano), y apéndices (discografía, filmografía, bibliografía, NY en internet, etc.) Entre las cosas que me han sorprendido o, al menos, me han llamado poderosamente la atención es que, pese a todas las desgracias que le han envuelto, el tema de la muerte es prácticamente inexistente como concepto de sus composiciones. Sin duda, Neil Young ha sabido metabolizar el dolor y la fatalidad al servicio de unas letras que en la mayoría de ocasiones ofrecen una puerta a la esperanza. Esa vitalidad se la debe, en gran medida, al apoyo incondicional de Pegi Young, una de las mayores inspiraciones para el canadiense. Por sí sola la existencia de Neil Young da para un libro o varios; Jimmy McDonough ya se encargó de ello en Shakey; el de un servidor, sin dejar de perder de vista elementos biográficos que se interrelacionan con su obra musical, ha intentado ofrecer una panorámica crítica de su suculenta carrera profesional. De su aportación en Buffalo Springfield hasta Fork in the Road (2009), es decir, una cuarentena de discos. Con esta cifra, Neil Young se sitúa, junto a Frank Zappa, entre los artistas más prolíficos de la historia del rock. Zappa ya nos dejó hace varios lustros; Young, en cambio, sigue al pie del cañón, con una energia apabullante, pero es evidente que gran parte de su recorrido musical y vital ya está trazado. Por último, después de dar vueltas sobre ello, -quizás me haya decidido por el subtítulo -previo acuerdo con T&B Editores— Una leyenda desconocida porque el propósito es que de una vez por todas intentemos revertir esa apelación al desconocimiento que encierra Neil Young en nuestro país. No hay que desfallecer como ha hecho todo su vida el ex Buffalo Springfield; esperemos que, si alguna vez se reeditara el libro consensuáramos con la editorial cambiar el subtítulo del mismo y poner Una leyenda conocida. En esas tertulias en torno a una mesa poblada de copas, al referirse a leyendas de la música me gustaría, como a tantos rusties, que cuando alguien de los contertulios se refiriera a Neil Young el resto no frunciera el entrecejo y dijera: "Neil, ¿qué?" Mejor una contestación del tipo: "prefiero el Neil Young de Harvest o el de Rust Never Sleeps o el que toca con Crazy Horse o...." Si es así, por mi parte, el esfuerzo habrá valido la pena. Un empeño que esos seguidores de la música de Neil Young diseminados por el estado español asimismo han llevado a cabo y a los que, en cierta manera, quiero compartir la dicha de la aparición del libro con ellos. Porque, en cierta medida, es un libro que escrito por todos los que admiran al genio de Neil Young y siguen contribuyendo a la difusión de su obra, con una dedicatoria especial para los amigos de la playa. En octubre, pues, habrá libro de Neil Young en el mercado. Por mi parte, aún sabiendo que me corresponde una labor de promoción del mismo (algo que haré con mucho agrado), toca mirar hacia el futuro en busca de nuevos proyectos. Eso sí, con la enmienda a empezar de cero para evitar caer en la "hoguera de las vanidades".

sábado, 29 de agosto de 2009

JACK CLAYTON (1921-1995): EL ARTE DE SUGERIR

Aquellos tiempos en los que para combatir el calor en periodo estival, en horario de madrugada, una alternativa «saludable» era escuchar el programa de radio Polvo de estrellas de Carlos Pumares, empecé a conocer infinidad de producciones que hasta entonces ni tan siquiera había oído hablar. Cuando Pumares, con su característico estado de enojo, recibía una llamada que le pedía cuál era, a su juicio, el mejor título de terror contestaba sin ambages: «Suspense / The Innocents, de Jack Clayton». Ese fue el punto de partida de mi particular enamoramiento con una pieza maestra del arte cinematográfico. Creo haberla revisado 4 ó 5 veces –algo muy infrecuente en mí--, la última de las cuales para descubrir nuevos detalles que se me habían pasado por alto y que he tratado de plasmar para el extenso artículo publicado en Scifiworld en su número de agosto de 2009. En éste doy cobertura al análisis de los tres largometrajes (la referida The Innocents, A las nueve, cada noche y Something Wicked This way Comes, adaptación de la novela La feria de las tinieblas de Ray Bradbury), además de un mediometraje (el oscarizado The Bespoke Coat) que llegó a conformar Jack Clayton. Desde su fallecimiento acaecido a mediados los años noventa —coincidiendo con la celebración del centenario del arte al que se consagraría en vida: pasó por diversos escalafones de la industria antes de alcanzar un lugar en la cumbre reservado a los directores de una exquisita sensibilidad—pocas ocasiones ha habido para ver impreso algún artículo o ensayo dedicado al cineasta británico. Este artículo de Scifiworld, si se quiere, es un consuelo ante la perspectiva de haber podido escrito un libro sobre Jack Clayton. Pero en la época actual no caben iniciativas de este perfil, atendiendo a que ese cine practicado por Clayton, en el que la sutilidad, la capacidad de sugerir antes que mostrar cotiza al alza, simbolizan un valor residual hoy en día. Y en esta «operación derrumbe» de un terror que trabaja la psicología de los personajes antes que librarse a un fuego de artificios en forma de decapitaciones, ejercicios (sado)masoquistas y demás, la crítica y buena parte del público se muestra impasible. Todo vale, todo es defendible en función del sello autoral o de que da lo mismo ocho que ochenta; mientras sea terror resulta indiferente pasar hora y media de nuestras vidas frente a una pantalla; si es terror psicológico, bien, y si no, también. Gracias a films como The Innocents he seguido fiel a propuestas de terror con una enmienda a sugerir antes que mostrar; para mostrar, ya están los telediarios. Prefiero a esos directores que trabajan con la sutileza a esos que se pasan más tiempo en el matadero y/o revisando esas chapuzas que hoy pasan como clásicos del terror contemporáneo (La matanza de Texas, Las colinas tienen ojos, etc.) con la intención de copiarles algún plano con las que repercutir en sus propuestas cinematográficas (sic). Pero ya sabemos que la esquizofrenia cultural, que asimismo se da en otros ámbitos (no me refiero óbviamente a los clínicos) está a la orden del día y que te guste una cosa y su contrario es lo más natural del mundo. Al menos, un servidor no se pliega a esta realidad y, ante la opción de enfrentarme a una producción de terror con enunciados gore (aunque sea con ínfulas autorales, como ese ejercicio de puro masoquismo llamado Antichrist) prefiero volver sobre las imágenes de The Innocents, The Carnival of Souls (1961), La semilla del diablo (1968), A las nueve, cada noche (1967), Al final de la escalera (1979) o Dead End (2003), entre otras.

miércoles, 26 de agosto de 2009

STEPHEN STILLS: POR SI QUIERES SACARLE PROVECHO...

El 7 de abril de 1990 aparecían en escena David Crosby, Stephen Stills (1945-) y Graham Nash en el marco del Festival Aid Farm. Veinte años habían transcurrido desde aquel mítico Déjà vu (1970) pero parecían algunos más para Crosby y Stills, embutidos en sus vestimentas de cowboy con el fin de rendir honores a un público entregado con el voto republicano cautivo en buena parte del mismo. Después de interpretar Suite Judy Blue Eyes, la sorpresa de la velada la depararía la presencia de Neil Young, quien asomaba al fondo del escenario con su habitual indumentaria hippie. Los gestos de camaradería preceptivos sirvieron de preámbulo a la ejecución del tema This Old House. En apenas un suspiro, el público y todos aquellos que han tenido acceso al visionado del DVD Neil Young Farm Aid (1985-1990) se han podido percatar quién dominaba el cotarro; la carismática presencia, la voz y esa forma peculiar de danzar sobre el escenario con la guitarra en ristre (además de la armónica apoyada sobre un artilugio un punto rupestre pero efectivo) de Neil Young dejaban en un segundo plano a la «santísima trinidad» CSN. Al final de la canción, Stephen Stills tuvo su instante para el lucimiento en una sensacional ejecución a la guitarra acústica sin otra voz que la emitida por esas mágicas seis cuerdas. En esta secuencia, a mi entender, se ejemplifica una de las razones por las que todavía Stills nunca ha alcanzado la gloria que le corresponde por su extraordinaria calidad. Una de las razones por las que el tejano nunca llegó a brillar en función de la progresión que había demostrado en sus primeras fases en el mundo de la música se debe a un nombre propio: Neil Young. Esta fue la desgracia de CSN; confiados en que eran auténticas estrellas del firmamento musical, dejaron convencerse por Ahmet Ertegün que la entrada de Neil Young les beneficiaría, sin menoscabo que se resintieran sus respectivos egos. Cada uno por separado, al poco tiempo, sabían que éste era el mejor de todos. Un aspecto más fácil de digerir para Crosby y Nash, pero no tanto para Stills cuya ambición a principios de los setenta no tenía límites. Decir que quería convertirse en uno de los mejores músicos de la historia contemporánea es quedarse corto. Pero eso llevaba tiempo, comportaba ir mejorando aquellos aspectos que dependían más de la inspiración del momento, dedicar a todo ello un esfuerzo titánico y quizás, solo quizás, la meta se ofrecería próxima. Aquel joven filiforme que había compartido con Stills vivencias y rivalidad en Buffalo Springfield, en un par de años creció musicalmente de tal forma que se situaba varios escalones por encima de cada uno de los integrantes de CSN. Lo que aspiraba a ser Stills lo tenía frente a él. Eso llevó a Stills a un sentimiento de frustración que, librados una serie de trabajos acústicos de elevado nivel, no superaría, sabiéndose que Young, además de la calidad que repercutía sobre sus álbumes, el éxito comercial le acompañaba. Lo mimético parecía, pues, un mero espejismo con el que tratar de nivelarse con Young; si el canadiense tenía su banda (Crazy Horse) él respondía con la creación de Manassas. Pero ni esta formación pasaría a la historia ni Stills por formar parte de la misma; así pues, tocaba arrebato y seguir explotando la franquicia CSN. Lo paradójico que los tres que gobernaban la nave CSN quedarían una y otra vez anulados cuando Neil Young volvía a juntarse con sus compinches. Éste llevaría la voz cantante. Al cabo de muchos años, Stills expresó todo aquello que se había guardado durante tanto tiempo cuando en el backstage, a punto de que la división de opiniones se apoderara del público que asistía a un concierto de la gira Speech for Freedom –con motivo de la aparición del disco compacto Living with War (2006)–, Neil Young expresó que tenía buenas sensaciones, una carga especial de motivación. Entonces, el rubio guitarrista y cantante no pudo por menos que decirle, en un alarde de sinceridad: «estamos aquí porque creemos en tú música; si no fuera así, no estaríamos contigo». Muy pocas veces ocurren estas cosas; siendo un músico de gran talento Stephen Stills tuvo constancia que alguien más grande que él se situaba por delante. Y ese alguien, Neil Young, no lo escuchaba a través de la radio o de la cadena musical; lo ha tenido a su lado, de forma intermitente, a lo largo de más de cuarenta años. Ese sentimiento de inferioridad no asimilada, entre otros asuntos, derivaría en una serie de problemas con las drogas que le dejaron tocado. Stills ha aprendido que querer compararse con Neil Young sencillamente es una entelequia, una batalla perdida. Pero, por fortuna Stills aún sigue habitando los escenarios y los estudios de grabación; aquel artista que hubiera podido ser pero que no llegaría a ser me sigue deparando excelentes momentos de música con la compañía de Crosby, Nash y Young, o en solitario. Es por ello que me procura una satisfacción personal saber que el reconocimiento de su obra en nuestro país y en otra latitudes es un acto de justicia. En este empeño se sitúa Daniel Ruiz, posiblemente (y pueden quitarle el adverbio de marras si lo desean) el mejor conocedor en España de la obra de la superbanda Crosby, Stills, Nash (& Young), y en particular, de Stephen Stills. Nadie mejor que él para dar fe de su erudición stilliana con un blog de nuevo cuño (Ir a enlace) al que, a buen seguro, Daniel dará cobertura a los Achives '09 del guitarrista oriundo de Dallas... para no ser menos que Neil Young, como no cabría de otra manera. Prueba de que aún una vocecilla sigue susurrándole al oido: «si Neil lo ha hecho, ¿por qué yo no?». Ecos de un pasado que martillean la mente de un verdadero privilegio para la música llamado Stephen Stills.

jueves, 20 de agosto de 2009

NEANDERTHALES VS. HOMO SAPIENS: LA «BATALLA» CONTINÚA

En el curso de una entrevista que realicé a Jean-Jacques Annaud (un personaje en sí mismo) recuerdo la anécdota que relató cuando propuso a Anthony Burgess (La naranja mecánica) hacer el guión de En busca del fuego (1981)... El escritor británico le contestó que si estaba loco, aquel periodo de la historia que quería recrear, el Hombre de Cro-Magnon —del que desciende el Homo sapiens— y su primo hermano el Homo neanderthalis no tenían un lenguaje oral codificado. El cineasta francés le contestó que daba igual, que se inventara uno... Políglota él, Burgess se las ingenió para, a través de la documentación que recabó, repercutir una suerte de lenguaje sobre la base de gruñidos, inflexiones de voz que, al parecer, su emisión provocaba reacciones distintas. A partir de haber visionado por primera vez ese cruce de documental y film de ficción, siempre me ha intrigado el porqué los Neanderthales se extinguieron mientras el Homo sapiens acabaría siendo la especie dominante en el planeta tierra. Después de escuchar y leer toda clase de teorías sobre el asunto, viendo un documental por televisión encajé las piezas de un alud de información que apuntaba en distintas direcciones pero sin concretar lo que, en apariencia, parecía un estudio absolutamente finiquitado. Veamos. El documental de marras —lamento no aportar algún dato de su producción, pero como suele suceder con este género es casi imposible verlo en horario de sobremesa sin perderse los créditos iniciales (los finales ya se encarga la publicidad de barrerlos)— relata el flujo migratorio de los Neanderthales desde lo que hoy se conoce como continente africano hasta Europa. Allí convivieron durante decenas de miles de años con el Hombre de Cro-Magnon, ancestro del Homo sapiens. La mayor corpulencia de los primeros podría haber favorecido su supervivencia, pero el problema de los Neanderthales residía en una morfología que les imposibilitaba desarrollar unos códigos de lenguaje para poder comunicarse con sus semejantes; el recorrido que precisan las cuerdas vocales para articular una gama de sonidos lo suficientemente variada para establecer un lenguaje oral era demasiado corto. Por tanto, el recorrido de las ondas a través de la laringe tan sólo posibilitaba que emitieran sonidos guturales. Azotados por una era glacial que duró una eternidad, los Homo sapiens tomaron ventaja estableciendo un primitivo lenguaje pero suficiente para organizar estrategias de caza. En algunas comunidades tribales de África siguen un similar modus operandi; antes y después de la caza se ponen a hablar, discutiendo sobre cómo ha ido la jornada. Los niños de la tribu, todos ellos varones, se sitúan al lado de los cazadores adultos con la voluntad de aprender. De esta forma se perpetúa la supervivencia de éstas. Seres recolectores por excelencia, al Homo sapiens le salvó de una extinción segura de la tierra —siguiendo la misma dirección de los Neanderthales— su capacidad de articular un lenguaje, por nimio que fuera.
La gran paradoja es que, unos veinticinco mil años más tarde (el tiempo que se calcula se extingueron los Homo neanderthalis), la incapacidad de dialogar, la privación de establecer un lenguaje común para toda la humanidad en el sentido de no romper el ciclo vital a costa del fanatismo religioso, del odio a lo diferente, o en aras a una intolerancia que va acompañada de (ultra)violencia, nos puede dejar a los pies de los caballos a unos siglos vista. Una minucia si se compara con los miles de años que aquellos seres filogenéticamente muy cercanos al Homo sapiens poblaron el planeta tierra. Pero quizá sea porqué, en realidad, el hombre de Neanderthal no se extinguió del todo; viendo a esos integristas islámicos empleados en el arte de la aniquilación del prójimo, o de seres defensores de la patria vasca que son expulsados de sus madrigueras al tiempo que «emiten» unos sonidos guturales mientras cubren sus rostros tengo la presunción que la hipótesis de la existencia del Hombre de Neanderthal mezclados en distintas sociedades del orbe mundial cada vez cobra más fuerza. Se dice que, de haber existido, los Neanderthales serían pelirrojos. Pero como los tintes están a la orden del día, ese trazo físico no tendría mayor dificultad para encubrir una apariencia. Así pues, acierto a pensar que es su incapacidad para razonar a través del lenguaje el factor que los delata y que los acerca sospechosamente a aquellos moradores de la tierra durante el Pleistoceno y el Paleolítico.

viernes, 14 de agosto de 2009

DAVID CROSBY: EL «GATO» DE LA MÚSICA AMERICANA

En una de las estrofas de la canción Compass —perteneciente a American Dream (1988), un álbum más bien para el olvido para los correligionarios del sonido CSN(Y)— reza «tres vidas aún me quedan, seguro, al margen de la espiritual». Bueno, eso lo había escrito hace más de veinte; ahora, a David Crosby, que cumple sesenta y ocho años tal día como hoy, tan sólo le deben restar una o dos de las siete que le corresponden a este cantante y compositor de mirada felina. La muerte le ha rondado tantas veces que solo cabe aferrarse a su espíritu gatuno para entender que es un auténtico milagro que haya sobrevivido a tanto exceso etílico y nieve que quema, además de ser un imán por sí solo para asuntos turbios de distinta índole.
En muy pocas ocasiones se habla de David Crosby como el hijo de Floyd Crosby (1899-1985), un neoyorquino que hizo fortuna como cameraman. Éste se las debía prometer muy felices cuando en 1931, siendo un advenedizo como director de fotografía, conquistó un Oscar por la iluminación de Tabú de los insignes Friedrich W. Murnau y Robert J. Flaherty (uno de los «padres» del documental al que pronto dedicaré un post). Pero a medida que iba apagando velas con motivo de su aniversario la cosa, a nivel profesional, empezaría a declinar. La serie B fantástica asomaría en su carrera en los años cincuenta y sobre todo los sesenta. Crosby Sr. relataría en alguna que otra entrevista la forma de trabajar con Roger Corman. Por imperativos presupuestarios, Floyd Crosby se vio obligado a iluminar únicamente lo que veía por el visor de la cámara; el resto era puro decorado, así que los trávelings estaban, en verdad, restringidos. A pesar de ello, el «ciclo Poe», en el que el operador participó en algunos de sus títulos, la condición de culto ganaría con el paso de los años. Para evitar que su hijo (Los Ángeles, 1941) sospechara que aquello que lucía en pantalla en formato scope era un (pequeño) fraude observado desde el plató, Floyd no puso reparos en que David visitara otros espacios artísticos menos proclives al artificio. Como toda biografía ligada a un músico nacido durante o inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, los años sesenta se convirtieron en una etapa frenética en lo creativo; el aprendizaje se produjo sobre la marcha hasta que la oportunidad le sobrevino con The Byrds. Formación canónica de la música folk-rock de la época, The Byrds se sumaba a la banda sonora de Buscando mi destino / Easy Ryder (1969), «camposanto» del movimiento hippie donde sobresalía un Jack Nicholson que había velado sus primeras armas en el cinematógrafo al amparo de la American International Pictures, el refugio natural de Floyd Crosby. El mismo año que se imprimían sobre la pantalla los últimos créditos donde aparecía el nombre de Floyd Crosby —casualidades de la vida: The Cool Ones (1967), el título en cuestión, versaba sobre unos jóvenes aspirantes a músicos que eran utilizados por el medio televisivo para su promoción—, David volaba con destino desconocido tras desligarse de The Byrds. En aquellos meses de incertidumbre se cimentaría una de las formaciones musicales indispensables para interpretar la implicación de la música en el seno de la sociedad civil norteamericana y, por ende, de la occidental: Crosby, Stills y Nash. Las tensiones vividas en el seno de CSN —con el añadido guadianesco de Neil Young— a lo largo de cuatro décadas son casi como ríos de agua cristalina frente a una vida que se contornea como una montaña rusa «fuera de categoría». Una vez, a principios de los años ochenta, la policía federal rodeó su casa-farmacia y le apresó por posesión de drogas varias y un arma que, dado su estado de paranoia, representaba no tan sólo un serio peligro para vecinos, amigos y familiares sino para él mismo. Al ser interrogado del porqué tenía cargada ese arma, David acertó a decir, a modo de justificación: «John Lennon». A partir de entonces, su cada vez más hinchado cuerpo rodaría por el lodazal de las desgracias que acabaron por dar con sus huesos en la cárcel. Luego, ya fuera de la trena donde incluso llegó a actuar con Graham Nash y Stephen Stills –otro que aspiraba por la nariz en cualquier estacón del año—, perdió su casa en un terremoto, fue encausado por haber atropellado a un motociclista y se le diagnosticó una hepatitis C que, sin mayor demora, urgía un transplante de hígado. Con una imagen más propia del pornógrafo Larry Flynt postrado en una silla de ruedas —que estaba a punto de pasar a la posteridad cinematográfica merced al irreverente film de Milos Forman El escándalo de Larry Flynt (1996)—, que la de un veterano músico cincuentón que se batía el cobre sobre los escenarios, a su curriculum vitae poblado de historias para no dormir se sumaba una de las más pintorescas: se revelaba que era el padre (de alquiler) de la hija de Melissa Etheridge —cantante veinte años más joven que él— y de su pareja Julie Cypher. Luego podrán esgrimir sus detractores que desde aquella primera etapa con CSN(Y) –con el mítico Déjà vu (1970) luciendo en lo más alto de su discografía— su inspiración iría cuesta abajo. Visto el panorama, uno llega al convencimiento que el bueno de David Crosby se dedicó a la profesión de sobrevivir. Y no es una tarea fácil cuando alguien vive con un pistolón bajo la almohada o aguarda la llamada del teléfono para saber si ese hígado será esta vez compatible con su sistema inmunológico puesto en tantas ocasiones en el disparadero a cada chute de heoína o cocaína. Feliz cumpleaños, Mr. Crosby. Sobrevivir musicalmente tras casi medio siglo es tarea reservada a unos pocos, pero además sobrevivir a toda clase de desgracias (en el amplísimo sentido del término) le hacen una especie única.