sábado, 5 de septiembre de 2009

PLANETAS VERDES, MARES ROJOS

Desde los tiempos de la colonización de los primeros seres vivos en el planeta tierra hasta la fecha han desaparecido el 99,9% de las especies. El 0,1% restante lo conforman desde hace centenares de años miles de especies, entre las que el Homo sapiens ejerce su particular hegemonía en la «cadena trófica». Una especie que solo representa una infinitésima parte de las especies que pueblan la tierra. La inteligencia y la capacidad de articular un lenguaje son dos de los factores esenciales para que el Homo sapiens pueda revertirlo en un dominio en las áreas habitables del mundo. Pero la capacidad depredadora de nuestra especie no parece tener límites; ni siquiera la inteligencia de la que hacen gala otros mamíferos como los delfines se escapa a esta realidad. Especies que, huelga decir, deberían ser patrimonio del sentido común para evitar sus sacrificios masivos, se formulan como un acto normalizado en el país del sol naciente, aquel que tiene todos los números —con permiso de Río de Janeiro— para acoger los Juegos Olímpicos de 2016. Presumiblemente, un comité de evaluación anexo al COI habrá probado la carne de delfín en lujosos restaurantes que lo presentan en forma de delicatessen, tan sólo apto para paladares exquisitos que no enmienden la plana, desde sus respectivas ópticas, a gastronomías «exóticas». A buen seguro, en Wakayama, la capital de la isla de Taiji, no faltará ese plato en cualquier estación del año y sobre todo en los meses de otoño. El 1 de septiembre se inicia el ritual que compromete la existencia de centenares de delfines —1.623 en el ejercicio 2007— asesinados en las bahías de Taiji para escarnio de la humanidad pero, al parecer, para honra de la flota pesquera nipona amarrada a esa isla que desde tiempos ancestrales se la identifica por la caza de ballenas. Ric O’Barry, ocasional actor, documentalista (autor de The Cove), y cuidador de delfines con una experiencia acumulada de varias décadas, hace su particular peregrinaje a Taiji por estas fechas del calendario, tratando de concienciar a los mismos japoneses la salvajada que representa unas matanzas que compiten en coloración rojiza con las prácticas que se llevan a cabo, por ejemplo, en las islas Feroes, pero éstas con las ballenas como objeto de sacrificio. Familiarizado con el comportamiento de una de las especies marinas que mayor entusiasmo despiertan entre los niños, O’Barry ha llevado a cabo una cruzada a favor de la liberación de los delfines confinados en las jaulas gigantes de los acuarios de medio mundo. Pero esta batalla queda minimizada frente a lo que se cuece en las costas de Taiji, una realidad que seguramente sea soslayada por ese COI a la hora de elegir el lugar donde deba celebrarse los juegos olímpicos dentro de ocho años. Si las autoridades gubernamentales de Wakayama fuerzan un poco la máquina, las pruebas de piragüismo o de vela, calculan, tendrían un óptimo desarrollo de la competición en sus aguas. Quizás entonces negocien con los pesqueros de la zona una moratoria para que la coloración de tonos rojizos deje de ser moda en la temporada de verano-otoño de 2016 por lo que concierne a las aguas que bañan sus costas. Pero, tirando de dichos, "no hay mal que por bien no venga", y si definitivamente Japón gana la partida en la terna de candidatos a albergar los cuartos juegos olímpicos del siglo XXI, la lucha sostenida por Ric O’Barry, Hardy Jones y tantos activistas en pro de los delfines, contará con un enorme apoyo. Una vez sumados los mayores esfuerzos posibles, me aventuro a creer que las autoridades gubernamentales, en vista de lo alargada que puede resultar la sombra del boicot, claudiquen y decidan poner freno a esa matanza masiva de delfines que coloca cara la pared la dignidad humana. Alguien debería hacer ver a la primera dama del Japón, Myuki Hatoyama, en calidad de esposa del recién electo presidente del país, que no hace falta irse a Venus para apercibirse que la colorimetría varía en relación a nuestra percepción como terrícolas. Venus podría ser verde para la primera dama nipona y, a la sazón, crítica culinaria (que dicho sea de paso, le falta más de un herbor), pero a unas pocas horas de vuelo de su residencia en Tokyo, sin salirse de territorio japonés, las aguas se vuelven rojas... de vergüenza para una sociedad que encabeza el G-20 y posiblemente engalanen sus ciudades y pueblos con motivos olímpicos a mediados el próximo decenio. O’Brady, como diría un hincha de los reds de Liverpool, you'll never walk alone. Tu lucha será la nuestra. Gracias Ric y a todos tus voluntariosos activistas.

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